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Presentación de Territorio Cercado (Editorial El Kultrún, 2015) de Maha Vial.
Valdivia, 7 de enero de 2016

Por Yanko González




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“La poesía es la indecisión prolongada entre sonido y sentido”. (P. Valéry).

Muy buenas tardes. Es una alegría inmensa que la poesía y, especialmente, la poeta convoquen, con justicia, a tantos amigos. Quiero partir planteando que la presentación de contratapa de este libro de Maha –aunque apócrifo, supongo, como siempre, escrito por nuestro común amigo y editor Ricardo Mendoza- es una de las más asertivas y brillantes escritas por Ricardo en este estrecho espacio. Y preciso es recordarlo: ha escrito muchas, al menos buena parte de las contratapas de las y los poetas más destacados del sur de Chile que ha publicado su editorial El Kultrún. Ahora bien, ello me ahorraría la tarea de esta minutísima presentación si estuviera de acuerdo con todos sus asertos. Lamentablemente para ustedes, no es del todo así, por lo que tendrán que soportar a este telonero algunos minutos más. Sin embargo, reservaré mi pequeño disenso interpretativo con Ricardo -o con quien se oculta tras esa “no firma”,  para el final-, pues quiero compartir algunos destellos contextuales que se me hicieron presencia en el momento de recorrer este nuevo libro de Maha Vial.

Caminarlo, es transitar por lo mejor de la tradición de la poesía chilena del siglo XX, desde su principio hasta su relativo final. O lo que es lo mismo, desde “Tarde en el hospital” de Carlos Pezoa Veliz -el que en su pesadumbre y reclusión, es especular a la ciudad como sanatorio “ahogado” construido por la autora – hasta “Diario de muerte” de Enrique Lihn, donde se cuelan las dos ciudadanías del dispensario del mundo: “Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos / por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad / pero, a la larga, eso no tiene sentido” decía el finado Lhin, haciendo un cover lírico de la “Enfermedad y sus Metáforas” de Susang Sontag. Una ancha genealogía que nos permite entrever, entre los pasillos e iluminada por los incitantes consultorios dibujados por German Arestizabal, la singularidad de este nuevo voceo de la autora: aquel que se hunde –desgajándolo- en las formas de sometimiento biopolítico y sus poliédricas mutaciones. Es decir, que se fricciona –en palabras de Foucault- en el “archipiélago de poderes”, allí donde el control social no sólo se efectúa mediante la conciencia o la ideología, sino también en el cuerpo y con el cuerpo, y donde la medicina es una estrategia axial de biopoder. Esta vez las roturas de la autora cercan precisamente la nosopolítica (“política de la enfermedad”), en una era distinta a la focoultiana –que hablaba de la “estatización de lo biológico”-: la era de la tiranía y el monopolio de las farmacéuticas y del “sálvense quién pueda” de lo biológico. Y Ricardo –o quien firme- tiene razón: vuelve el cuerpo en la obra de Maha Vial, esta vez subyugado por la técnica. Sí. Pero más allá. Si en “Sexilio”, “Jony Joi” o “Maldita Perra” el cuerpo aparece normativizado y disciplinado por los amplios y retorcidos ejercicios de poder en su singularidad somática, en sus gestos, en su lugar, en sus desplazamientos, en sus fuerzas y en sus tiempos, en “Territorio Cercado” el cuerpo es controlado como especie y organismo: en su nacimiento, en su enfermedad y en su muerte con las novísimas tecnologías del poder: la industria de la higiene pública y las factorías de la medicalización. Dicho de otro modo, Maha hace literatura de esa curva infame que va de la sociedad disciplinaria a la sociedad del control. Tiempos del “vergüenzame” –en el decir de la autora-, para inscribir las tribulaciones de nuestros cuerpos en la era de las ISAPRES, de FONASA y de los Bonos. Quizás por ello, uno de los autores más encarnados en Maha, como Antonin Artaud, le declara la guerra a los órganos como estrategia de insumisión: “el cuerpo es el cuerpo. Está solo y no tiene necesidad de órganos. El cuerpo nunca es un organismo. Los organismos son los enemigos del cuerpo (…). Atadme si queréis –dice Artaud-, pero yo os digo, no hay nada más inútil que un órgano”. En fin. No más destellos sobre este punto. Sabrán leer la obra si los suturaron en una posta. Si pasaron por pabellón. Mejor, si esperaron dos años para encontrar cama. Y muchísimo mejor, si todavía miran fijo en la pared o a los escupideros -que ya no existen-, esperando a ser llamados desde un mostrador.

 Llegado a este punto, les quiero compartir una pequeña hipótesis sobre “Territorio Cercado” como parte de un continuum en la obra de Maha. Pero no desde el punto de vista tópico, sino –quizás- metodológico. Y es ese mi breve disenso con el escribiente de la contratapa y también, con el “conmigo mismo” que ha escrito los párrafos precedentes. Creo que si algo le debe la literatura de estos y otros territorios a la obra de Maha Vial, no es sólo la subversión textual de su posición y condición de clase y género, sino, la insubordinación e indocilidad de su beat, de su compás interior y exterior, para construir toda forma de poema. Así, bajo “la dicción crispada y la sintaxis rota” –como plantea Mendoza- se esconde una desobediencia mayor: aquella que se libera del credo “esencial de la función poética” que predica la reciprocidad entre sonido y sentido o, más refractario aún: que insiste en un mínimo de sonido y un máximo de sentido. Desde “La Cuerda Floja” a “Territorio Cercado”, la autora ha escondido hábilmente una partitura: su “forma” –su ritmo y su melopea- ha sido el principio y la continuidad de su “fondo”. Visto así, es esta argamasa la que “contiene” parte sustantiva de toda su obra, pues esa argamasa es tan o más indisciplinada que los cuerpos, los sexos y las carnes que emancipa en el poema. Cuenta el poeta norteamericano Robert Creeley –muerto hace exactos 10 años-, que en conversación con otro gran bardo británico, Basil Bunting, comprendió finalmente la extensión de este secreto: que los sonidos podían contener la carga emocional del poema tan hábilmente como ninguna otra cosa “dicha”. “Es decir, que las modificaciones del sonido ─ y sus modulaciones─ podían transportar esa carga emocional”. Y claro, aquí, en nuestra asfixiante ciudad letrada, eso jode, o, al menos, incomoda desde hace mucho. Como decía Gonzalo -el Rojas-: “les gusta la poesía con tal que no suene”.

Encandilado solo por una versión parcial del “fondo”, hace 20 años creí –como hoy-  atrapar la propuesta de Maha escribiendo en la contratapa de su segundo libro, “Sexilio”, lo que leí como una irrupción rabiosa en aquellas zonas veladas en nuestra cultura-daguerrotipo, que es la reasignación socio-cultural de lo femenino y masculino y el “sexuar” como espacio cardinal de todas las batallas libertarias. Pero insisto, so pena de majadería, bajo ese aparente fondo, persistía y persiste lo que por naturalizado, se ha obliterado en la obra de Maha: un fondo del fondo: la escenificación de la prosodia, la rehabilitación del fraseo y la onomatopeya y, sobre todo, la re-instalación de la anáfora como el tropo soberano del poema. No lo explico, lo canto -o intento- con algunos fragmentos: 

“la carbamazepina muele la memoria cómo no me vas a creer la carbamazepina muele la memoria insisto en este punto y tú no me das bola como si yo fuese una loca pero te digo la carbamazepina muele la memoria qué te pasa acaso no entiendes o no quieres entender pero la carbamazepina muele la memoria por qué te ríes no ves que la carbamazepina muele la memoria te lo digo en todos los tonos y tú dale con mirarme desde la academia negando la posibilidad de que la carbamazepina muela la memoria por un instante mírame como si yo te mirara mientras dices que la carbamazepina muele la memoria y ten por seguro que yo te creo que la carbamazepina muele la memoria”. (De “Territorio y memoria”, p. 26).

Y de “Situación ilusa”: “un mar un mar en las cataratas de un viejo que no para de llorar un mar inmenso que levante espumosas olas un mar que brame desde el vientre más lejos aún de la entraña de su nombre un mar que aplaque toda voz todo vestigio de voz un mar un mar que arrase y pierda todo rastro de hombre un mar que sólo sea mar un mar que devore arena tierra y vegetales que lave heridas que moje bocas secas mar que sea cuna de suicidas mar que deshaga lenguajes y consignas mar que transforme carnes en algas y que seamos las venidas a menos puro oleaje y sal

La sintaxis del poeta- decía Paco Umbral- no es sino la sintaxis de su música. Cierto. Porque él o la poeta no han de tener musa, como dice el lugar común, sino música. No es casual que hoy quiera Maha maridar su voceo con un coro amplio de amigas y amigos intérpretes. “Salvo la música, todo es mentira”, decía Cioran, aunque podría haberlo dicho Janis Joplin, aquella otra hermana de canto con nuestra poeta. 

Estimados y pacientes auditores, para no ser aquel conocido -o saludado- “que ni con dolor de muelas hablaba menos de una hora”, es el momento de advertirles que todos estos juicios los entrecomillen “un algo”. Sabrán que estoy parapetado y abrigado, ética y estéticamente en la poesía de Maha desde que leyera y escuchara su afinación hace más de 25 años. “Maha-militante” converso, orgulloso y confeso, nunca me reverberó tanto la frase del poeta Robert Lowell hasta cuando la oí recitar allá lejos, al borde de los años 90’ en un Valdivia monocromo y monocorde: "En la actualidad dos tipos de poesía están compitiendo -decía Lowel- : la "cocida" y la "cruda". La primera, magníficamente experta, parece que haya sido concebida para su consumo y digestión en un seminario doctoral. La segunda, enormes pedazos sangrantes de experiencia sin condimentar, que se preparan y sirven a oyentes en media noche". Poesía cruda. Jamás cocida, ni siquiera calentada, ni menos –qué horror- recalentada. Es lo que inimitablemente le sigue obsequiado Maha Vial a la poesía chilena y a estos territorios ahogados con este nuevo libro -o long play- y, más allá, con todísima su obra precedente.

País de aduladores y homenajeadores, pareciera –como siempre- que las lisonjas y reconocimientos no alcanzan a las y los que se las merecen de sobra y con palmarias evidencias. Más de 30 años de poesía -y desacato- resistiendo en una ciudad “hos-pi-ta-la-ria” (hospitalaria en el peor de los sentidos, si existiese un sentido bueno), convierten a Maha Vial en una imprescindible: porque estarán de acuerdo, pacientes y auditores, sanos y enfermos, que el problema de la “realidad” no se enfrenta con suspiros y como podría haber dicho Antonio Banfi sobre la poeta italiana Antonia Pozzi: “No será virgen, pero ha hecho milagros”.

Grazie Mille.



 



 

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