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Lectura del Premio Casa de las Américas

Vírgenes del sol Inn Cabaret
Alexis Figueroa


por Sergio Vergara Alarcón.
Diario El Sur, Concepción, 1996



Dentro de las actuales tendencias en la escritura nacional -por cierto tiene correlatos internacionales- existe una actitud que se podría catalogar de "nueva", con el cuidado que merece el epíteto, en el entendido de que esta actitud corresponde a una cierta sensibilidad de época y que es el resultado de la superación de algo anterior. Se puede entender esta forma de escritura como un intento de totalización y de unificación de ordenes diversos y supuestamente heterogéneos, que en el texto juegan, se vinculan, se recorren y se atraviesan casi de manera homogénea.

Releyendo Vírgenes del sol inn cabaret, sospechamos allí una ilustración de este operar en literatura. Al mismo tiempo que existe una red que aúna lo contextual presente con lo retrospectivo (con la historia) se puede ver la concreción de un proyecto escritural que se inscribe más o menos en la noción de texto trabajada por la epistemología contemporánea.

El texto se define por su carácter eminentemente apelativo y que realiza una operación de seducción con el lector: el libro invita. El procedimiento mediante el cual el lector es llamado a laborar (a entrar en) se funda en la sensualidad, en el color, en la forma, en el ritual barroco de las líneas, en fin, todo ello altamente colorista. Si leemos en contrapunto -arte, ciencias, historia, etc.- percibimos una práctica contemporánea en música, donde es usual hoy la teatralización, el gesto, la música actual es para ser vista, actuada. Lo mismo sucede en las artes visuales en general, en gráfica y claro, en la moda (piénsese en el video clip, en el caso de la música popular y en la violencia del color punk, por ejemplo).

El texto que leemos se nos ofrece como espectáculo, se nos escenifica la palabra, leemos y vemos, todo ello a partir de una cierta estructura musical, como de partitura. El texto intenta evidenciar el simulacro, la máscara, el juego, pero él mismo se hace artefacto que se manipula, que cosifica la palabra y es cosificado, se hace cuerpo. Las metáforas en el libro son somáticas, metálicas, plásticas y entonces el referente (el mundo evocado en el lenguaje) se completa con la imagen, el sonido, el color, la viñeta, el dibujo; el texto se hace "de plástico". Este conjunto de "metáforas cristalinas" que siempre remiten al orden de las cosas acuosas (vidrio, etc.) devuelven las imágenes a quien las lee (a quien las ve) y queda entonces un producto: el juego de un reflejo (y de una reflexión) que circula indefinidamente. Entonces, la materialidad y la cosificación del texto se torna especular (la imagen del espejo, del celuloide, del show y de los cuerpos "celestiales" son reiteradas en el texto) y el juego que plantea el libro es el juego de los espejos, de los reflejos, todo ello teniendo como centro la mirada del otro. De este modo, el texto, además de mostrar un recorrido ágil de "estrellas" (en el cabaret) hace jugar a las palabras y las pone en graduaciones, las repite, las hace estereotipos; en definitiva, la musiquilla que suena con o tras la lectura, termina por prostituirse, deviene clisé, como la característica musical en un show. Asistimos a la invitación, cada vez, en cada página se nos seduce, se nos habla de un lenguaje gastado y por tanto vacío, pero junto con ello, el texto apelativo, con sus múltiples sistemas de llamadas ("Bien venidos a la máquina", "Welcome to the machine", "Welcome to the TV", etc.) se gasta a sí mismo y se autodestruye. En el proceso, seduce lúdicamente. El texto se puede leer como la prostitución de si mismo, ya que se intercambia por el hecho de ser visto, tomado, recorrido, el texto se ofrece a una mirada y simultáneamente mira, por ejemplo, en los lugares privilegiados como la portada y la contraportada. Si leemos en cada momento esta llamada a participar en el cabaret y cada vez se encabeza una página con la invitación, se puede pensar que la frase se convierte en un llamado emblemático, en una frase que, una vez dentro (del texto, del cabaret), ya no dice nada o, por lo menos, no dice suficientemente. Si volvemos a esta función de conmoción del lector, el texto reproduce fotografías (rostros que, significativamente, corresponden a tipos humanos de la década del sesenta) y fichas de registros de personal del cabaret que, sintomáticamente, son muestras de fichas y, por lo tanto, incompletas y vacías (por llenar). Los retratos son ovales, circulares (espejos), redondez que en un nivel -hay otros- reproduce la circularidad del texto y su deseo de ser cerrado (como un ojo, un túnel, un pasillo de entrada, los televisores, como el "índice general O"). La estructura encierra al lector y lo circunda, a pesar del final abierto en el que se promete la vuelta del sujeto que habla, mira o escribe. Texto interesante para una práctica visual -voyerista- en la que una vez más asistimos a la violencia de ser vistos.

 

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Alexis Figueroa: Vírgenes del sol Inn Cabaret
por Sergio Vergara Alarcón.
Fuente: Diario El Sur, Concepción, 1996.