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OXICORTE
Juan Carreño, Das Kapital Ediciones

Por Angélica Panes



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¿Sabes lo que es morder la tierra
y no hacerle asco a la vida?

En alguna entrevista Stella Díaz Varín, indicaba que su poesía no se ajustaba a la idea de evolución en términos temáticos. Que ese era un concepto muy frío que dejaba fuera  la esencia de su obra: el amor. El amor y el dolor que torna el proceso escritural, el oficio, en una serie de instancias solamente que conviven y se proyectan según los avatares de la vida y bajo esta dualidad permanente [1].

Al leer Oxicorte, de Juan Carreño, tuve la sensación de que, a pesar de lo propio de la estética que el autor trabaja en sus libros, existe la pujanza del amor como un catalizador del viaje (que llevan a cabo el hablante y la Gitana) a lo largo de estos poemas que, más que apología de una marginalidad o panfleto de un discurso desde la periferia, se alzan como una existencia pura, una existencia construida al fragor de esa naturalización del abandono, el abuso, los excesos, la hacinamiento, la falta de educación, metidos en nuestros gestos, en nuestras formas de hablar y tratar al otro. Aquello que se inscribe en nuestro accionar cotidiano sin mayor asombro y que resulta en niños y jóvenes cuyas expectativas de vida son drásticamente reducidas a expresiones precarias de socialización y emocionalidad.

En medio de toda esta violencia terrible el amor es resistencia, “tromba marina” que sostiene este peregrinaje por casas y pasajes, bancos y pueblos donde el temor aflora en los sueños, donde encomendarse (“guía mi camino Señor de Huanca”) es una medida necesaria y donde se articula incluso una moral:  “La falta de amor en el robo es alta traición/ es choriarse entre vecinos/domésticos puros/ (recordar, recibir, devolver)/que no saben entregar el corazón” (pág. 31).

Este amor, trasluce imágenes que rescatan una ternura e inocencia propia de la niñez, del juego y aprendizaje, solo que acá se arma a punta de calle, de baldío, travesuras: “un retrato lijado/como las rodillas de la Gitana/en su intento con patines” (pág. 12); “bebernos/en un beso largo y lento/como nuestros caminos/Gitana” (pág. 18); “robar en el supermercado/jugos en polvo/y que nuestro amor/boca al cielo/sea un deshielo” (pág. 26). Incluso la solidaridad tiene cabida: “allí entremedio/ hay un par de bolsos/ huye con tu familia” (pág. 28). Para finalmente comprender que la juventud no es para siempre, que la calle no podría ser para siempre y que alguna vez hay que parar (parar la mano) y sentenciar  “hasta aquí no más llego yo” como final de trayecto.

 

 

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[1] “El amor y el dolor son problemas de vida y no aceptan alteraciones. Son los temas fundamentales del arte. Y si no, es el odio. Pero tienen mucho en común. (…) El hombre siempre se acerca a lo que intuye y trata de ser: un hombre amante y amado”
José Miguel Izquierdo: Emblemática y señera. Entrevista a Stella Díaz Varin.



 

 

 

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