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Horizontes perdidos
-Apuntes sobre Las películas de mi vida, de Alberto Fuguet-

Por Andrés Urzúa de la Sotta

 

 

 



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Todo huele a yanqui en Las películas de mi vida. Más allá de la sismología y de la metáfora de los terremotos como derrumbes personales y colectivos, que bien podría hacer alusión a la tragedia de Chile y de la familia chilena, es inevitable detenerse en el bombardeo de referencias a la cultura norteamericana que están presentes en la novela de Fuguet.

El autor parece oponerse a una parte de la cultura chilena ligada al imaginario francés o europeizante. Su protagonista, el sismólogo Beltrán Soler, se resiste a París, pero alucina con California y el cine yanqui. Incluso reside en la capital francesa algunos años y declara, cual carta de apostasía, su indiferencia respecto a la ciudad de las luces:

“Recuerdo poco de París, no me interesó demasiado, no estaba ahí para turistear sino para estudiar y, en segundo lugar, para olvidar”[1].

(…)

“Lo que más recuerdo de esos años parisinos es mi pieza y mi colchón; el McDonald´s de Saint Germain; el restaurante vietnamita del viejo Lu Man; la FNAC subterránea de Beaubourg; RafiqIsber, el físico sirio con quien compartía el frío departamento; los afiches de las películas viejas hollywoodenses en los cine-arte que repletaban mi angosta calle y a los que nunca fui a pesar de que, de niño, y luego de adolescente, no hacía otra cosa que devorar la mayor cantidad de películas posible”[2]

(…)

“Con Francia atrás, me dediqué a esperar, hora tras hora, a que la tierra temblara. Me parecía alucinante estar de vuelta en un país donde la tierra se movía y, sobre todo, me parecía una bendición estar lejos de esa ciudad y ese país que no se mueve, no se inmuta, cuyo suelo no devela ninguna fisura activa”[3].

París no es cualquier ciudad. Es el símbolo de la alta cultura europea y occidental. En ella conviven los habitantes con el arte y la vanguardia. Sus calles conducen a la Torre Eiffel y al Arco del Triunfo, pero también al Louvre. Darle la espalda a París es, en cierto sentido, darle una bofetada al arte y a la alta cultura occidental.

Fuguet, en cambio, se queda con el cine hollywoodense. Ni siquiera parece interesarse por otra literatura que no sea la que se materializa en los guiones y en las imágenes cinematográficas. El lugar donde recuerda y donde respira el protagonista de la novela no es París, la capital de la cultura, sino California: la capital del cine comercial. En ella se le gatilla la memoria y es ahí donde empieza a escribir desaforadamente las reseñas de las películas de su vida.

Ahora bien, ¿cómo se explica esta obsesión por la cultura norteamericana en la novela? ¿Bastan, por ejemplo, los componentes biográficos del autor para justificar la constante referencia yanqui?

Es sabido que Fuguet, al igual que Beltrán Soler, se crió en California. El autor de Mala onda ha señalado varias veces que su lengua nativa es el inglés y que su llegada a Chile en la adolescencia, sin hablar español, le causó una especie de trauma: "la sensación de extrañeza termina siendo muy superior a la excitación o la aventura. En la tinta del pasaporte hay algo que te altera para siempre"[4]. Es probable que Las películas de mi vida sean precisamente las películas de su vida. Es decir, aquellas que vio desde la infancia y que representan sus primeros encuentros con el consumo cultural. 

En este sentido, Fuguet parece insinuar que su memoria no está con Rimbaud, Baudelaire o Breton; ni siquiera con Jean Luc Godard ni con Luis Buñuel.Su empatía y su imaginario más íntimo habitan en la industria cinematográfica norteamericana y en la cultura pop: en Dumbo, en La novicia rebelde, en La dama y el vagabundo, en Tiburón, en Woodstock, etc. No es casual que prácticamente todas las películas citadas en la novela sean producciones gringas[5].

Sin embargo, no basta con la biografía de Fuguet para responder a la pregunta acerca de la abundancia de referencias culturales norteamericanas en la obra. Para encontrar una respuesta es necesario pensar en algo elemental: el trabajo de los autores, o más bien de los escritores, consiste en seleccionar de su biografía aquellos componentes que le sirven al discurso y/o al texto que están articulando. En otras palabras: los escritores profesionales son relativamente conscientes de los símbolos que están integrando o apartando de sus obras cuando incluyen o excluyen ciertos retazos de sus vidas.

En consecuencia, la presencia de referentes norteamericanos en Las películas de mi vida responde más a la voluntad de Fuguet que a su biografía. Más allá de las reticencias o simpatías que a los lectores o al mismo autor le puedan generar los íconos de la cultura yanqui, la novela sirve para visibilizar un proceso que da cuenta de una transformación radical de la experiencia y del imaginario chileno: la  violenta norteamericanización de su cultura (semejante, tal vez, a la violencia sísmica de sus terremotos).

 

 

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NOTAS


[1]Fuguet, A. Las películas de mi vida. Santiago de Chile, Alfaguara, 2012. Pág. 45.

[2]Fuguet, A. Las películas de mi vida. Santiago de Chile, Alfaguara, 2012. Pág. 46.

[3]Fuguet, A. Las películas de mi vida. Santiago de Chile, Alfaguara, 2012. Pág. 46.

[4]Entrevista a Alberto Fuguet. El Mercurio de Santiago. 7 de Abril de 2011. En:
http://www.emol.com/noticias/magazine/2011/04/07/474791/alberto-fuguet-una-persona-que-emigra-va-a-quedar-danada-para-siempre.html

[5]De las 50 películas citadas por Fuguet en la novela, 44 son producciones norteamericanas, tres del Reino Unido, una de Argentina, una de Chile y una es una coproducción ítalo-británica. 



 

 


 

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