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Encandilada nostalgia:
palabras en torno a «Las corrientes luminosas» de Claudio Guerrero

Por Bastian Eduardo Desidel Escurra



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El nombre de Claudio Guerrero pululaba de vez en cuando en las conversaciones que mantenía con amigos de la carrera de literatura. Ajeno me siento aún a las bromas de su carrera, precio que debo pagar (o agradecer, bajo las perspectivas de aquellas amables amistades) por ingresar en otras ramas humanistas a temprana edad. Se adivina la propia incapacidad de formar una imagen clara sobre quien nombraban como un profesor relevante dentro de los muchos que conformaban el ILCL. Si bien, las referencias cariñosas y/o humorísticas que significan tanto en la selección de esta figura, también significan la omisión de otras, por lo que la conversación no estaba exenta de seriedad en las menciones sobre la investigación que se encontraba realizando sobre poesía argentina y, de forma más cauta, su ejercicio poético. Este último en particular nos intrigaba en tanto jóvenes lectores de poesía, ya que en los escaparates poéticos de la zona son reiteradamente visibles algunos nombres y  “formas de poetizar”. Debido a esto, destaca de manera seductora cualquier nombre nuevo o de mediana complejidad al momento de dar con los libros. Solo logré dar con tres poemas publicados en un medio virtual. No obstante, estos poemas bastaron para reconocer la escritura realizada por un poeta y no un aspirante —en el buen sentido del término—; sumado a que la cantidad de artículos sobre poesía chilena publicados bajo su autoría saciaron el interés inmediato ante el ejercicio crítico que aporta a la poesía en sí. Un año después de la búsqueda, nos asombra la publicación del libro Las corrientes luminosas (Ediciones Casa de Barro, 2020). Pues sin más que decir, me remito a la nueva entrega.

Los primeros versos del poema “Sinfonías” abren el conjunto: “Adónde podríamos llegar/ te preguntaste/ si todas las direcciones/ parten de la memoria”. Desde ya el hablante se posiciona en una “zona diseminada” —imagen que le debo al poeta en unos versos más adentrados en el libro—, se presenta la imposibilidad de contacto con el presente desde el presente, sutil inicio que destila el tono en que fluirán estas corrientes; pues todo inicio es recuerdo nos dice de forma implícita, pero esto ¿nos asegura el hecho de retornar apacibles a nosotros mismos? Casi contraponiéndose, dice en la segunda estrofa: “Adónde llegaríamos/ si ya casi no hay recuerdos/ todo se confunde en un eterno presente”. Doblemente abandonado el estático viajero que busca la luminosidad. Vacío que se adivina a base del pasado perdido. Lenguaje de las cosas que no terminan de ser el idioma del hablante. Pequeños sintagmas rescatamos de la sinfonía de los días, con duda dirigimos la vista hacia nosotros mismos.

Los logros del poema mencionado los encontramos en su fondo y su forma, puesto que debemos recurrir a angustias transversales, y no por ello menos privadas, para poder observarnos, observar el paisaje que nos rodea y observar la escritura misma. Sin pretender caer en la mención fácil, y con el riesgo que aquello implica, quisiera recordar los versos de T.S. Eliot que, traducidos por Borges, dicen: “¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?” La cadencia de tono interrogativo que imanta el poema direccionará a la ambigüedad —positiva a mi parecer— que se oculta en la misma “realidad del poema”: se dice: “que vuelve sobre su propia fuente/ posibilitando e impidiendo a la vez/ escapes por campos erosionados”. Hace años, en un libro anterior del poeta Claudio Guerrero, se escribía el verso: “existen espacios que nunca han sido acariciados por un rayo de luz”; un poco más cerca de nosotros, nos detenemos ante la misma corriente, una afirmación frente a la luminosidad y sombras que envuelven a la voz poética. El hablante versa: “El amor no tuvo lugar/ para el destierro./ Siempre estuvo entre nosotros”. Poema y Realidad, lo intangible que emana del primer contacto con las cosas, como si el mundo encontrase en sus propias entrañas un mundo más profundo que se desencadena de su forma; esto nos haría entender al hablante que se reafirma —en el pasado del verbo estar—, la presencia de algo que en el momento no reconoció ¿acaso Poema y Realidad no están sujetos a la imposibilidad de rescatar este mundo que tenue se mueve tras las máscaras? ¿no es que el recuerdo nos pone frente a las narices lo que ya carece de cuerpo e instante? ¿no es que el poema permite cristalizar lo indecible a medida que se traiciona intentando silabear?

Más adelante, en el poema “Testigo”, se lee: “Toda palabra/ toda escritura/ viene como de un vacío”; la luminosidad temporal de los objetos como fuentes indecibles de sensaciones pasadas se conjugan en trampa y pozo, pero son estos pequeños abismos, contenedores de la luminosidad, los que atraen al hablante, pues ¿Dónde más encontraremos reminiscencias de esta “Realidad primera” sino de este lugar, “como un vacío”, del que provienen las palabras? Valga la mención de la relación simbiótica entre memoria y lenguaje que Enrique Lihn conversó con Pedro Lastra: la anulación del tiempo en relación a la inmutabilidad de la escritura, “la imposibilidad de reconstituir el pasado en cuanto tiempo existencial toma en el presente de la escritura que lo anula la forma de lo remoto, lo desconocido, lo perdido, lo cerrado”[1]. Retorno: se nos dice en la tercera estrofa del poema Sinfonías: “Adónde llegaríamos sino a ese canto/ de las cosas guardadas con esmero”, ¿adónde?, si solamente en aquellos objetos escuchamos por las noches el tierno estertor del tiempo, ¿adónde?, si ahí aún queda la sensación de recuerdo, esa misma sensación que Meaulnes anidaba dentro de sí mientras buscaba “Los dominios perdidos”.

Ya se hace patente la melancolía que arrastran los objetos familiares, el humano ensimismado en la cotidianidad; allí reside lo efectivo en la construcción de poemas como “Efectos personales”, que nos recogen al pasado mediante la materialidad del recuerdo. Por esto, tampoco podemos encasillar o reducir a una relación “objetivista” —muy vaciada en la poesía contemporánea por lo demás— del poeta con los elementos que conforman el poema, o acusar de “confesional” a parte del conjunto que tiende a lo dialógico, pues me parece que la mímesis alcanzada entre el “lenguaje de las cosas” y “lo incomunicable en la palabra” es obra de quien busca destilar cada intersticio que hay entre las capas de lo visible. Me explico: entiendo los poemas de verso más breve, donde se tiende a una lírica de raigambre reflexiva, y los contextualizados en conversaciones, ligados desde la posibilidad de un yo hacia un —también probable— remitente, donde el tono gira en un supuesto dialógico de retórica más cercana a la conversación íntima, como dos caras de la misma moneda que busca pagar el inconveniente de retener la corriente del tiempo. Para indicios del detenimiento escritural con el cual se constituyen estos poemas, me remito al poema “Polvo”, que a pesar de su economía verbal, gracias al tono que construye alrededor de las palabras utilizadas en tanto poema (y libro) no pesa como una enumeración simplista, más bien mantiene la implicancia de trazar un círculo que fije la atención en lo externo a su área y perímetro. Desde la otra vereda, rescato para la ocasión el poema “Interrogantes del padre y su hijo de 9 años en huelga general”, donde más que situar elementos específicos e intentar reconocer la implicancia que tiene un diálogo entre el escritor y su primogénito, podemos leer entre las líneas el misterio maravilloso de la infancia, la violencia de un mundo que cada día pareciera aún más ajeno, la conciencia de un hombre que ve el tiempo pasar a través de él mismo y su hijo ¿cómo rescatarnos de la turbulencia del tiempo? “Poco saben en verdad/ de la distancia enorme…”, como nos dirá el hablante en otro poema.

Las corrientes luminosas las pienso justamente como corrientes marinas, fuerzas de múltiples direcciones que fluyen tras una apariencia calma o rítmica, en este caso el adjetivo nos permitiría vislumbrar estas corrientes moverse discretas bajo el contacto con el mar; pues como lectores, y por qué no también el poeta, sólo podemos vislumbrar la presencia de estas corrientes en su lejanía, inclusive sumergirnos a su deriva, mas no asirla, ni redireccionarla. ¿No son corrientes luminosas la correspondencia que hay entre el recuerdo y la resonancia en la mudez de los objetos? ¿No lo será una deuda literaria en la correspondencia de sensaciones que nos entrega un poema escrito por una mano ajena en otros años? “No hay memoria”, sentencia el hablante en los versos del poema “Solo el silencio”. Sigue: “Las imágenes se destruyen/ como juguetes desparramados en el patio”.

“Yo debía proteger lo que soy, aunque todas las cosas/ Saben hacerse notar…” escribió Rosamel del Valle en la primera estrofa que compone el poema inaugural “Entrada del reino” de El joven olvido, publicado el año 1949, donde se puede rastrear la latencia en los símbolos, el asalto de un mundo aún más oscuro sobre el hombre, el lenguaje hermético con que se le presentan las cosas a aquel Orfeo que desciende en busca de Eurídice. Pese a que poco y mucho tienen que ver con el poeta Claudio Guerrero estos versos, mi interés no reposa en una lectura comparativa-aproximativa entre ambos —para nada—, tampoco pretendo abordar en su totalidad el poemario de Claudio, ya que ese trabajo amablemente se le convida al futuro lector. Por esto mismo, comparto una instancia ocurrida hace ya un año, por la cual tengo el agrado de recordar alrededor de un objeto particular, quizás muy en relación a la poética de sus versos, mediante el cual conversé por primera vez con Claudio Guerrero.

La gente proveniente de la playa se comenzaba a recoger hacia la ciudad, dando paso a actividades nocturnas no del todo distantes a aquella época del año. De a poco la mar se fundía con la noche, placeres sonoros para quien recorre y mira, como solo un ciego puede mirar la lejanía de las luces que destellan tímidamente los barcos en la costa. Claudio Guerrero entra a la librería donde trabajo y saluda sorprendido a mi amigo, quien se encuentra revisando los estantes minuciosamente para apresurar de manera inconsciente el cierre del turno. La amabilidad y la simpleza eran propias de los gestos de Claudio, no existe altanería en sus palabras, el ritmo de su conversación es apacible, lo cual se mezcla con pequeños retazos agradables de un tenue nerviosismo. Toma un libro de Rosamel del Valle —cabe mencionar que no fue el citado— y como quien no puede esconder la alegría, ni desea hacerlo, se acerca a la caja para cancelar. Conversamos un poco sobre el poeta y algunos otros escritores, acerca algunos libros infantiles y comparte junto a mi amigo cosas que el tiempo ha ido esparciendo en mi recuerdo. Si bien no es el único libro que compra ese día, es el único que me remonta con afectiva violencia a la luminosidad de este poemario. El recuerdo cristalizado en el objeto. El afluente y su rumor. La resonancia de un sonido perdido. Una corriente subterránea y luminosa.

[1] Lastra, P. (1990). Conversaciones con Enrique Lihn. Atelier Ediciones.



 

 

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