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Presentación de Sala de Espera, de Jorge Polanco Salinas
Alquimia, Santiago, 2011

Por Pablo Aravena Núñez[1]



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¿Será necesario advertir que no me dedico a la poesía, que no provengo del campo de la literatura? La “gente del medio” está a aquí y no me conoce. Asumo que Jorge me ha invitado, en primer lugar, como amigo. Pero un amigo con el que comparte algunas preguntas. Un amigo que tiene escritas algunas cosas interesantes. No todas… algunas –sobre Valparaíso, sobre Teoría de la Historia, sobre Memoria. Pero sé también que me ha invitado justamente en mi calidad de “externo” y que, por lo tanto, espera que diga cosas distintas a las que se podría esperar de un literato. En esto Jorge no se equivoca, aunque no sé si eligió bien.

Cada cual ha ido descubriendo la forma en que mejor le acomoda pensar, por sobre esas otras formas a las que estamos obligados por motivos de subsistencia, de “financiamiento estatal”, esas que hemos ido asumiendo como propias –y, en el peor de los casos, como óptimas– de tanto llenar el formulario. En el modo de pensar comparto con Jorge la escritura. Pero a Jorge le gusta pensar en, o con, la poesía. A mi me gusta pensar a medias entre el ensayo y la columna de opinión. Jorge ha preferido –porque ha criado talento para ello–  la sutileza y la precisión, que son rasgos de lo bello.

Pero no se crea que su verso es puro lirismo. Quienes hayan seguido la poesía de Jorge Polanco saben que bajo la belleza de sus construcciones late algo inquietante, un hilo de veneno filosófico, la amargura ante la época y el país que nos tocó padecer, el sarcasmo ante el escepticismo, el optimismo y el pesimismo bienpensante. (Polanco poeta no traga a los intelectuales “puros”. Creo que Polanco fue a parar a la poesía por que aprendió a desconfiar de los pensadores y sus pensamientos, de los filósofos y su filosofía, de los historiadores y su historia, de los profesores y sus clases)

Yo no sé si se pueda dar una visión panorámica de un libro de poemas, hacer una síntesis o hacer una propaganda de su contenido. Creo que no se puede porque un libro de poemas es como un álbum de fotos familiar, tiene mucho de aleatorio. Cada poema podría ser perfectamente un libro, y solo lo poco práctico y antieconómico de la idea no deja que así sea.

Quizá no haya mejor metáfora de la subjetividad que un libro de poemas, pues somos muchos bajo la máscara. “Somos legión” dice quien sea que haya anotado eso en la Biblia. “Guijarros de realidad”, advierte entre paréntesis Polanco en este libro, en la página que se acostumbra reservar para una dedicatoria.

En razón de lo dicho me limitaré a tratar de seguir, ahora en público, la conversación que he sostenido con Jorge a propósito de algunas obsesiones comunes: la historia, la memoria, el sujeto, lo real, la esperanza, el futuro, el pasado, Allende, el sentido, los intelectuales, los arribistas, etc. Todas (y otras más) cosas que Jorge repasa en sus poemas.

Voy a transcribir un par de fragmentos de poemas de este libro que recuerdo tienen que ver con cosas que hablamos alguna vez con el autor. Primero, un fragmento de “Plano fijo”:

Es cierto, la vida se renueva,
reproduce el olvido con cerrar los ojos
y cambiar de aliento,
otro mundo nace cada día
borrando el anterior,
el ejemplo es tu generación
que vivió amordazada por los noticiarios
esas imágenes a las que se acostumbraba el ojo:
cuerpos cayendo de un edificio en Nueva York,
o un hombre en llamas frente a La Moneda
cerca del Monumento Salvador Allende,
ese 30 de noviembre de 2001,
el mismo edificio y sus alamedas,
Eduardo Miño,
¿la historia se repite o desborda?
los noticiarios borran la mirada                        Mi alma que desborda humanidad
porque los ojos olvidan como mirar                no soporta tanta injusticia (p.18)

El segundo fragmento es un paréntesis abierto en el poema “Mallorca y Leningrado”:

(Seguramente te he contado sobre ese amigo que dice “la realidad no existe”.
Mientras habla, mueve el índice y apunta casualmente al norte,
las osamentas encalladas en los parajes bucólicos,
los rieles amontonados en el mar de Pisagua
o el gesto cruzado de las manos en la Estación Treblinka)  (p. 50)

Empecemos por este último fragmento. Ese amigo es una especie de Cratilo sin conciencia de serlo, entregado a la ideología de turno. Cratilo, en cambio, –el discípulo de Heráclito– habría tomado una decisión radical: dado que el lenguaje, en tanto repertorio de conceptos fijos, no atrapaba la realidad, pensó que lo mejor era enmudecer para siempre y referir el devenir de la realidad apuntándolo justamente con el dedo índice. Cratilo no negó la realidad. Negó la capacidad del lenguaje para dar cuenta de ella, para atraparla o conservarla. La realidad no deja de existir por nuestra “incompetencia lingüística”, por la caducidad de las categorías, por nuestros devaneos intelectuales, cobardía o falta de compromiso.

Pero este amigo diciendo la cosa que dice “es” nuestra realidad. Y esto es lo grave. Hemos llegado al punto en que alguien puede honestamente negar la existencia de la realidad social, económica, en fin, histórica. Si la realidad no existe lo único que queda entonces es lo real. (¿Qué he dicho?)

Nada más lejos de mis intenciones que el dejarlos atrapados en un trabalenguas. Explico: según Lacan (afortunadamente traducido por Zizek) la realidad sería la realidad social de las personas concretas implicadas en la interacción y en los procesos productivos, en cambio lo real es la lógica espectral, abstracta del capital que determina lo que ocurre en la realidad.[2]

Decir que la realidad no existe equivale a poner lo real en lugar de la realidad, la lógica del poder en lugar de la vida concreta, renunciando de paso al pensamiento, la toma de distancia que precede a la toma de conciencia y la rebeldía.

Entonces ¿quién podría decir la realidad no existe? En primer lugar alguien absolutamente frívolo o pueril hablando en términos intelectuales. En segundo lugar un conservador. En tercer lugar alguien indolente, un poco perverso (recordemos que para nosotros el asunto de la realidad de los hechos ha tenido que ver principalmente con las violaciones a los Derechos Humanos). En cuarto lugar un “nietzscheano/constructivista militante”, que por militante no puede ser aceptado como nietzscheano y en tanto constructivista no puede ser tomado en serio. Y en quinto lugar un posmoderno… y con esa gente –ya sabemos–  no se puede hablar.

La realidad existe. Nombrada por alguien, aunque sea detrás de la cortina de humo de los medios, de los discursos oficiales, del rumiar afrancesado de nuestros académicos haciendo carrera. La historia es el devenir y el humano producirse de la realidad.

“¿La historia se repite o desborda?”, se pregunta Polanco. Y esta pregunta solo va siendo verosímil a estas alturas para esos pocos que todavía participamos, en primer lugar, de la tesis ontológica de la realidad histórica y luego de la memoria social, o de cierta cultura historiográfica. ¿Cómo alguien que no guarda memoria podría hacerse tal pregunta? ¿Cómo una generación que no sabe acerca de las circunstancias en que murió Allende podría hacerse la pregunta frente a la muerte de Miño? No sólo vivimos un tiempo en que ciertas certezas entran en retirada, sino que también algunas preguntas no tienen el alcance interpelativo que suponemos. El presentismo y el localismo, que parecen definir nuestras coordenadas culturales en la actualidad, imposibilitan la pregunta y la conciencia histórica misma. Tratemos de producirla.

Primero. Salvador Allende: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Años después. Eduardo Miño: “Esta forma de protesta, última y terrible, la hago en plena condición física y mental como una forma de dejar en la conciencia de los culpables el peso de sus culpas criminales”.

Dos suicidios. Uno dentro y otro fuera de La Moneda. El segundo casi a los pies de la estatua que se supone nos recuerda el suicidio del primero. ¿Qué llevó al suicidio a Allende? La confabulación derechista, militar y norteamericana. ¿Qué llevó al suicidio a Miño? La confabulación derechista-concertacionista, militar, empresarial, trasnacional. ¿Será necesario otro monumento?

Por motivos obvios la historia no se repite, (o si lo hace lo hace como farsa, según el Marx del Dieciocho Brumario, por lo que no se repite) y no porque alguien aprenda algo de ella. Insisto: no se repite solo por motivos obvios. ¿Desborda entonces? ¿De qué manera? Tal como anotaba Federico Engels en una carta a un amigo el 24 de febrero de 1893:

“La historia es acaso la más cruel de la diosas y conduce su carro triunfante por sobre montones de cadáveres, no sólo durante la guerra, sino también en tiempos de desarrollo económico pacífico. Y nosotros, hombres y mujeres, somos desdichadamente tan estúpidos que nunca nos armamos de valor para el progreso verdadero hasta que nos impulsan unos sufrimientos fuera de toda proporción”.[3]

La historia nos desborda debido su escala (su tamaño). Parece tragarnos incluso cuando creemos dominarla. Nos desborda también la proporción del sufrimiento que, por fin, nos hace tirar el freno de mano. Somos individuos frente a estructuras y procesos que solo se pueden detener o transformar actuando en la misma escala que nos rigen, es decir colectivamente. En tiempos de individualismo y atomización la historia nos desborda de manera aún más devastadora, al extremo de no atenderla (¿para qué ocuparse de lo que no tiene caso?).  

Pero este desborde no lo vivencian los que hacen la historia, los vencedores de turno. ¿Por qué? ¿Cuál es su secreto? Por ahora tan solo sirva la constatación para no olvidar que la historia es siempre un producto humano. Hombre impotente es hombre muerto históricamente hablando.

No soy yo, sino la poesía de Jorge Polanco la que nos recuerda estas cosas. Polanco atiza las brazas para que crezca otra vez la flama. Esta es la espera del poeta.

 

* * *

 

NOTAS

[1] Licenciado en Historia y Magíster en Filosofía con Mención en Pensamiento Contemporáneo por la Universidad de Valparaíso. Becario CONICYT del programa de Doctorado en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chile. Profesor Auxiliar del Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso.

[2] Zizek, Slavoj, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Buenos Aires, Paidós, 2009, pp. 23-24

[3] Engels, Federico, “Carta del 24 de febrero de 1893 a Dienelson”, en: Karl Marx and Friedrich Engels Corresponce 1846-1895, p. 510. Citado por E. Carr, ¿Qué es la historia?, Buenos Aires, Planeta-Agostini, 1991.


 

 

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