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Parra descubre su realidad

Por Mario Benedetti
Publicado en revista Número, Segunda época. Año 1, N°1, Montevideo, Uruguay
abril-junio 1963



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Si cumplen el requisito del talento, los poetas que enaltecen —o adulan— su alrededor y su época, suelen gozar de un prestigio rápido, pero a veces sufren una posteridad olvidadiza. En cambio, los que mortifican su lugar y su tiempo, aunque también sean talentosos, deben trepar una penosa cuesta. A veces resbalan y se despeñan, pero aquellos pocos que llegan a la cumbre son después los Baudelaire, los Pound, los Vallejo, y ningún futuro tiene el derecho de olvidarlos. Son una suerte de profetas, aparentemente corrosivos, que en el fondo extraen su increíble energía de un impulso moral. Sé de un mortificador poeta chileno, que, desde hace algunos años, sube aquella cuesta. Me refiero a Nicanor Parra. Es prematuro, y además imposible, saber desde ahora qué hará el futuro con él. Personalmente, tengo confianza en que, tarde o temprano, Parra ha de llegar a su cúspide salvadora; esta nota tratará de ser una justificación de mi pronóstico.

Parra (nacido en 1914, profesor de matemáticas) tiene aproximadamente la misma cantidad de obras que de matrimonios, pero aquí sólo me referiré a las obras. Son cuatro libros: Cancionero sin nombre (1937), Poemas y antipoemas (1954), La cueca larga (1957) y los recientes Versos de salón[1]. Los primeros y segundos ecos no fueron favorables. En su Exposición de la poesía chilena, Carlos Poblete incluía dos poemas de Parra, con este alfilerazo adicional: "Poesía epidérmica, efímera como todo lo que no se nutre en la realidad profunda del hombre"[2]. En 1953, en su Poesía Nueva de Chile, Víctor Castro incorporaba tres poemas, pero advertía que "todo su batallar ha sido el juego liviano, donde otros poetas de su generación han levantado razones indudablemente más poderosas" y confesaba estimar "en Parra al cantor simpático, al poeta menor absoluto, que no le importa el destino interior de una poesía"[3]. Por otra parte, aunque sus dos primeros libros obtuvieron premios municipales, el Diccionario de la literatura latinoamericana[4] no lo incluye en el volumen correspondiente a Chile. El propio Anderson Imbert, crítico sensible y bien informado, en su Historia de la literatura hispanoamericana[5] le dedica apenas media página, de la que ha sido escrupulosamente eliminado el mínimo adjetivo elogioso.

Creo que la actitud de estos críticos y antólogos proviene de un no madurado e inicial rechazo frente a la deliberada agresividad de los antipoemas. Me inclino a pensar que están más en lo cierto Fernando Alegría, Ricardo Latcham ("En Parra hay un humor profundamente criollo, extraído de asuntos chilenos y planeado por medio de un noble virtuosismo junto con la explotación de lo cotidiano y la sátira al universo burgués")[6] y Alone ("El más pujante, sonriente, floral y festival de los poetas nuevos, un joven ya maduro, perfectamente formado, impetuoso, divertido, soñador de pronto y lejano, acróbata cuando quiere, surgente, imprevisible, inagotable, familiar, exquisito, cargado de una fuerza contagiosa que lo hace a uno sentirse mejor, que lo estimula y rejuvenece, echándole aire cargado de oxígeno en los pulmones, el extraordinario Nicanor Parra de Poemas y antipoemas, a cuyo lado los demás se disuelven o huyen, graves, mínimos, inmóviles, presas de su compás, confitados, tímidos de gracia y desgracia")[7].

Sólo habiendo visitado Chile, sólo habiendo conversado con los poetas de la última promoción (en 1962, estuve en Santiago y Concepción), es posible verificar lo que la obra de Parra representa hoy en la literatura chilena. No se trata exactamente de una influencia, tal como la abrumadora que ejerció Neruda durante varios lustros. En realidad, las huellas de Parra no son visibles en la obra de poetas como Efrain Barquero, Miguel Arteche, Alberto Rubio, Jorge Teillier. Quizá Enrique Lihn —como lo ha observado Pedro Lastra Salazar[8]— sea, de las nuevas promociones, el más cercano a la poesía de Parra, pero aún en ese caso la cercanía se limita a dos aspectos: el carácter narrativo y el lenguaje coloquial. En rigor, la relación entre los jóvenes poetas y la obra de Parra, tiene como base, en primer término, una evidente estima intelectual, y en segundo, cierta intuición de que el antipoema representa, en términos chilenos, algo así como un anti - Neruda. Cuando escuché en Concepción a Pablo Neruda diciendo sus poemas, al aire libre y con voz de letanía, frente a un hipnotizado millar de devotos, me pareció sentir que, para todo chileno, Neruda era el Poeta. También lo es para los jóvenes escritores, pero éstos se defienden (casi diría, con desesperación) de su influencia avasallante y atronadora. De ahí el enorme prestigio de Parra, quien evidentemente fue el primero en dar el salto, el primero en abandonar esa frustránea residencia en la tierra nerudiana, el primero en ser alguien absolutamente distinto de Neruda.

Probablemente fue el propio Neruda quien, antes que nadie, vislumbró ese mérito, ya que en 1954 sostuvo que “entre todos los poetas del sur de América, poetas extremadamente terrestres, la poesía versátil de Nicanor Parra se destaca por su follaje singular y sus fuertes raíces. Este gran trovador puede de un solo vuelo cruzar los más sombríos misterios o redondear como una vasija el canto con las más sutiles líneas de la gracia"[9]. Fuera de Chile, no es fácil conseguir libros de Parra. Nunca he podido leer Cancionero sin nombre, de modo que ese libro quedará fuera de mi comentario. Para conseguir un ejemplar de la segunda edición de Poemas y antipoemas, hube de perderme varias horas revisando los estantes de una librería neoyorquina que se dedica a ediciones latinoamericanas.

Poemas y antipoemas constituye, no sólo el repentino ascenso de su autor al primer plano de la poesía chilena, sino también uno de los mayores revuelos literarios, habidos en un país donde la poesía, al igual que el vino, se sube a la cabeza y hace brillar los ojos. Como es natural, la conmoción no se produjo a causa de los poemas sino de los antipoemas. Los primeros muestran simplemente un buen poeta nostalgioso, por cierto competente en materia de ritmos, y ya entonces proclive a cierta cadencia narrativa; sólo en sus entrelineas anunciaba el futuro estallido. El toque de humor es, sin embargo, la primera hebra del cercano ovillo antipoemático: "Nunca tuve con ella más que simples / relaciones de estricta cortesía, / nada más que palabras y palabras / y una que otra mención de golondrinas" (Es olvido); "Se conversó del mar en nuestra casa. / Sobre este punto yo sabía apenas / lo que en la escuela pública enseñaban / y una que otra cuestión de contrabando / de las cartas de amor de mis hermanas" (Se canta al mar). Pero junto a eso, figura un poema tan reservadamente melancólico como Hay un día feliz, que, aun sin la posterior celebridad heterodoxa de Parra, podría figurar en cualquier antología de circunspecto lirismo: "Todo está en su lugar; las golondrinas / en la torre más alta de la iglesia; / el caracol en el jardín; y el musgo / en las húmedas manos de las piedras". De estos cuatro versos, no se puede decir que alienten una revolución poética; sí puede decirse que son francamente buenos. La revolución empieza, con algunas inhibiciones, en los seis poemas de la segunda parte (el mejor es quizá el tan citado Autorretrato, pero en él la agresividad todavía es retórica) y se concreta en los dieciséis de la tercera, que incluye por lo menos tres títulos notables: Los vicios del mundo moderno, La víbora y Soliloquio del individuo.

Ahora bien, ¿qué es el antipoema? El propio Parra ha escrito: "El antipoema, que, a la postre, no es otra cosa que el poema tradicional enriquecido con la savia surrealista —surrealismo criollo o como queráis llamarlo— debe aún ser resuelto desde el punto de vista sicológico y social del país y del continente a que pertenecemos, para que pueda ser considerado como un verdadero ideal poético. Falta por demostrar que el hijo del matrimonio del día y la noche, celebrado en el ámbito del antipoema, no es una nueva forma de crepúsculo, sino un nuevo tipo de amanecer poético". Esta cita es de 1958[10]. Más recientemente, Parra ha agregado reveladores toques de humor a la definición: "La antipoesía es una lucha libre con los elementos, el antipoeta se concede a sí mismo el derecho a decirlo todo, sin cuidarse para nada de las posibles consecuencias prácticas que puedan acarrearle sus formulaciones teóricas. Resultado: el antipoeta es declarado persona no grata. Hablando de peras el antipoeta puede salir perfectamente con manzanas, sin que por eso el mundo se vaya a venir abajo. Y si se viene abajo, tanto mejor, ésa es precisamente la finalidad última del antipoeta, hacer saltar a papirotazos los cimientos apolillados de las instituciones caducas y anquilosadas"[11].

Enrique Anderson Imbert ha caricaturizado así al antipoema: "Consisten en poemas tradicionales, de materia narrativa, que, después de beberse unas copas de surrealismo, se ponen con la cabeza para abajo. Visto patas arriba, el mundo de todos los días aparece grotesco"[12]. Si se piensa, con el citado crítico argentino, que el mundo mostrado por Parra es un mero reverso, es probable que aparezca como grotesco y nada más. Pero si se percibe que lo mostrado por el poeta no es un mundo "visto patas arriba" sino una realidad que considerábamos normal y que la provocativa visión del poeta ilumina y descubre en sus peores lacras, en su difundida hipocresía, entonces ese mundo ya no es grotesco, sino algo más trágico: es demostrablemente absurdo. Y el salir con manzanas, cuando se estaba hablando de peras, puede paradójicamente convertirse en una revelación.

Entre los poetas beatniks norteamericanos, la poesía de Parra tiene su prestigio. Hace unos años, escuché en Nueva York y en Berkeley al poeta Lawrence Ferlinghetti referirse con admiración a los antipoemas, y fue precisamente la editorial City Light Books, de San Francisco (que ha presentado obras de Kenneth Rexroth, Allen Ginsberg, Kenneth Patchen, William Carlos Williams, Denise Levertov, Gregory Corso, Robert Duncan y del propio Ferlinghetti), la que en 1960 publicó los Antipoemas de Parra, en una traducción de Jorge Elliott. Existe por cierto una afinidad entre la actitud de Parra y la de los nuevos poetas norteamericanos: su profunda repugnancia hacia la babilónica confusión de valores en este siglo XX. Pero, aparte de esta compartida actitud de rechazo, creo que existen diferencias fundamentales. Compárese un fragmento de un poema (Street Corner College) de Kenneth Patchen: "Next year the grave grass will cover us. / We stand now, and laugh; / Watching the girls go by; / Betting on slow horses; drinking cheap gin. / We have nothing to do; nowhere to go; nobody"[13], con este otro, de Los vicios del mundo moderno, del poeta chileno: "Reconozco que un terremoto bien concebido / puede acabar en algunos segundos con una ciudad rica en tradiciones / y que un minucioso bombardeo aéreo / derribe árboles, caballos, tronos, música. / Pero qué importa todo eso / si mientras la bailarina más grande del mundo / muere pobre y abandonada en una pequeña aldea del sur de Francia / la primavera devuelve al hombre una parte de las flores desaparecidas”.

Tanto los beatniks como Parra asisten a la decadencia de la humanidad, pero mientras los primeros no se consideran proselitistas sino vencidos de antemano, el chileno usa toda su agresividad para modificar la realidad que detesta. "Contra la ruina del mundo sólo hay una defensa: el acto creador", ha escrito Kenneth Rexroth, pero aparentemente en ese acto creador termina la rebeldía del beatnik. En Parra, por el contrario, el acto creador se convierte en ataque, o sea que la rebeldía se afirma (y no concluye) en él. Mientras la poesía de los beatniks exhala una amarga, aceptada impotencia, una oscura, obligada resignación, la de Parra es un gran alerta. "Su visión del mundo —ha escrito Fernando Alegría refiriéndose a Parra— encierra una simplificación deliberada, una síntesis directa y específica de la decadencia moderna. Desármalo todo para destacar ciertos gestos, ciertos actos, ciertas ideas y exhibirlos en su falta de sentido. El suyo es un mundo de equivocaciones. Un absurdo trágico que empieza por ser un rasgo de ingenio. Parra se considera un poeta de la claridad. ¿Qué es la claridad? Ver claramente qué podrido está el mundo, qué impotente y desdentado y calvo está el hombre. Es decir, claridad para vernos las cruces detrás del sombrero"[14].

Creo que Parra concibe el antipoema a partir de un singular concepto de la poesía. Sería demasiado fácil decir que el antipoema representa una suerte de ateísmo literario, una negación de la poesía que en última instancia sirve para demostrar su existencia. Sin embargo, negación de poesía es el mundo que ve el poeta, no su mirada.

Parra inventa el antipoema para flagelar el mundo con sus propias armas, para lidiar con él en su terreno. Su actitud es la opuesta a la del poeta decadente, ya que el virus de la decadencia no está en su implacable y comprometido hábito de contemplación, sino en el espectáculo contemplado. Si el poeta fuera decadente, la decadencia no le chocaría; le choca y le provoca, precisamente porque su impulso natural es de progreso. Y, a esos efectos, no importa que a veces el sarcasmo ("Tratemos de ser felices, recomiendo yo, chupando la miserable costilla humana. / Extraigamos de ella el líquido renovador, / cada cual de acuerdo con sus inclinaciones personales") cubra con una palabra de abyección el ansia verdadera; lo esencial no es la miseria de la costilla humana, sino la existencia del líquido renovador.

Si se quiere reivindicar semejante fondo de verdad en la poesía de Parra, el humorismo pasa a ser la prueba del nueve. Cuando un poeta beatnik, por ejemplo, condesciende a un rasgo de humor, suena un poco a hueco, a insinceridad, porque su concepto del hombre es desalentado y desalentador. Por el contrario, en Parra el humorismo es su gesto más eficaz: si se ríe es porque su confianza está puesta en otra parte, es porque ha colocado todo el capital de sus esperanzas en una empresa que justifica esa risa. Nótese que el poeta no se burla de la mejor esencia del ser humano, sino de las grandes estratagemas de la mentira, del fariseísmo intelectual, de la pureza de los impuros. Sabe que sus pares no se darán por aludidos, sino que estarán mirando por sobre su hombro cuando él escriba: "El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos: / aunque le pese / el lector tendrá que darse siempre por satisfecho. / Sabelius, que además de teólogo fue un humorista consumado; / después de haber reducido a polvo el dogma de la Santísima Trinidad / ¿respondió acaso de su herejía?".

El tercer libro de Parra es La cueca larga. En una primera lectura, cuesta reconocer allí al antipoeta, especialmente si el lector venía convencido de que Parra era un negador universal. Es ese tipo de aparentes contradicciones que algunos críticos habituados a simplificar, solucionan con un par de etiquetas: hacia aquí el ángel, hacia allá el demonio. Creo que en Parra tales etiquetas no tendrían vigencia. Es cierto que en La cueca larga el envase es popular y como tal funciona admirablemente. Pero ¿qué pasa cuando el antipoeta se introduce en la copla? Sencillamente esto: "Algunos toman por sed / otros por olvidar deudas / y yo por ver lagartijas / y sapos en las estrellas". Sin embargo, tal inserción no es obligatoria. "Brindo por lo celestial / y brindo por lo profano", dice el autor; pero, agreguemos como lectores, es evidente que, unas veces, quien brinda es el antipoeta, pero otras veces es el poeta, liso y llano. "No hay mujer que no tenga / dice mi abuelo / un lunar en la tierra / y otro en el cielo"; "Yo nací en Portezuelo / me crié en Ñanco / donde los patos nadan / en vino blanco. / Y moriré en las vegas / de San Vicente / donde los frailes flotan / en aguardiente. / En aguardiente puro / chicha con agua / por un viejo que muere / nacen dos guaguas"; "Estornudo no es risa / risa no es llanto / el perejil es bueno / pero no tanto". Esta es alegría sin vueltas, auténtica poesía popular. ¿Acaso ha aflojado la agresividad de los antipoemas? No creo. Sucede simplemente que ahora Parra está entre sus iguales. Después de blasfemar contra la ajenidad y la sordera del mundo, el poeta vuelve a sentirse entre los suyos; se toma una vacación del fatigante odio, recupera fuerzas. Fernando Alegría lo ha visto mejor que nadie: "Cuando Nicanor Parra triunfa con 'La cueca larga" en la ramada, bajo el sauce, junto a la acequia y a la línea del tren, es porque la gente huasa le ha considerado uno de los suyos: le ha reconocido y apreciado su cinismo, su apetencia gastronómica, su agresivo desprecio por la mujer y habilidad para mantenerla subyugada, su bulliciosa amargura y sus sangrientas parodias de las instituciones burguesas, su modo indirecto de exaltar el estoicismo de aquellos a quienes describe pudriéndose en la decadencia"[15].

Usando los moldes de Parra, podría decirse que Versos de salón —último de sus libros— es un anti-título. Cualquier cosa, menos de salón. El poeta vuelve a la atmósfera de sus antipoemas, pero está claro que la vacación fue provechosa. Después de respirar el aire puro y vivificante del pueblo, después de cantarle al vino, después de quitarse sus ropas de juglar, Parra vuelve a mirar aquel mundo que no era suyo y que antes había encontrado macabro. El mundo no cambió; sigue fosilizado en su absurdidad. No obstante, cambió el poeta (o el antipoeta, perdón, ¿no será lo mismo?): está más sereno, como consecuencia de estar más seguro. Menos estridente, como consecuencia de conocer mejor su equipo de palabras. También esta vez las diferencias pueden medirse en términos de humor. Esa transformación de la esperanza en seguridad, le hace apoyarse más y mejor en el humorismo. "El poeta no cumple su palabra / si no cambia los nombres de las cosas". El humor es la palanca que provoca ese cambio. "Al propio dios hay que cambiarle nombre / que cada cual lo llame como quiera: / ése es un problema personal". Claro que una menor estridencia no significa pusilanimidad: "Yo no tengo ningún inconveniente / en meterme en camisa de once varas". Las largas tiradas narrativas de los antipoemas apenas sobreviven, considerablemente abreviadas, en Se me ocurren ideas luminosas, Fiesta de amanecida y en la divertidísima Conversación galante. El lado surrealista parece en este libro más chileno y menos europeo; existe en estado de pureza en Versos sueltos, y en estado de ordenadísimo caos en Noticiario 1957, probablemente el mejor poema del volumen. Desde el estallante Viva la Cordillera de los Andes, hasta el Discurso fúnebre que culmina el libro, hay una constante creación de imágenes, de reacciones, de reflejos, de inéditas vecindades entre palabras viejas. Hay, además, un autodominio que justifica el título del libro y que lleva al poeta a decir las más iconoclastas y lúcidas barbaridades dentro de un envase impecable, burlonamente respetuoso de las convenciones. En realidad, es la trinchera metida en el salón. Desde hoy puede anunciarse: a partir de esta invasión, los salones ya no serán los mismos.

 

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Notas

[1] Santiago, 1962, Nascimento. 108 págs.
[2] Exposición de la poesía chilena. Buenos Aires, 1941, Editorial Claridad, selección y prólogo de Carlos Poblete. Ver págs. 319-20.
[3] Víctor Castro: Poesía nueva de Chile, Santiago, 1953, Ed. Zig-Zag, ver págs. 191-95.
[4] Washington, D. C., 1953. Publicación de la Unión Panamericana. El asesor en literatura chilena es Raúl Silva Castro.
[5] México, 1961, Fondo de Cultura Económica, tomo II, ver pág. 293.
[6] Ricardo Latcham: Carnet critico, Montevideo, 1962. Ver pág. 245.
[7] Artículo publicado en El Mercurio, Santiago, junio 1957 (transcripto en la contratapa de Versos de salón).
[8] Las actuales promociones poéticas, incluido en el volumen colectivo: Estudios de Lengua Y Literatura como Humanidades, Santiago, 1960, Seminario de Humanidades, ver pág. 122.
[9] Esta opinión de Neruda consta en la solapa de la segunda edición de Poemas y antipoemas, Santiago, 1956, Nascimento.
[10] Atenas, Nos. 380-381, abril-setiembre, 1958, págs. 46-48. Recojo la cita de Fernando Alegría: Las fronteras del realismo (Literatura chilena del siglo XX), Santiago, 1962, Zig-Zag, ver pág. 199.
[11] Pablo Neruda y Nicanor Parra: Discursos, Santiago, 1962, Nascimento. El volumen incluye los discursos de incorporación de Neruda a la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, en calidad de Miembro Académico, y de recepción de Nicanor Parra. Para la cita, ver pág. 13.
[12] ob. cit, pág. 293.
[13] "El año próximo nos cubrirá la hierba del sepulcro. / Ahora estamos de pie, y reimos, / mirando pasar a las muchachas, / y apostando a lerdos caballos, bebiendo gin del barato. / Nada tenemos que hacer. Ningún sitio a dónde ir. Nadie”. (La cita original proviene de Poems of Humor & Protest, San Francisco. 1959, City Lights Books, pág. 31)
[14] Ob. cit., pág. 205-6.
[15] Ob. cit., pág. 202.



 

 

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