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Frutas fuera de temporada:
lectura del mito y el origen en María Inés Zaldívar y Pablo Neruda[1]

Carolina Baez Véliz[2]
cabaez@uc.cl

 

 

En este ensayo se pretende analizar tres poemas que asocian la fruta con un origen mítico, que renueva de distintas formas los paradigmas que ordenan el mundo. Los dos primeros poemas, “Oda a la manzana” (1956) de Pablo Neruda y “Manzana” (2006) de María Inés Zaldívar, sitúan a la manzana como objeto lírico asociado a dos miradas nuevas sobre la modernidad. El tercer poema, “Emblema Naranja” (2006) de María Inés Zaldívar, reactualiza el mito griego de la manzana de oro y otorga una nueva lectura al emblema de Alciato (1492- 1550). Esta revisión se realiza a través de conceptos teóricos claves que pretenden acercar y ordenar la lectura de los tres poemas.

 


* * *

Comenzaré este trabajo analizando “Oda a la manzana” de Pablo Neruda incluido en su Tercer libro de las odas (1957). Sergio Ramírez (1942), en la contraportada de la edición aquí utilizada[3], define el modelo poético y la obra total de Neruda como “[…] un libro de alabanza a los milagros de la vida. La oda es siempre un canto. Y este tejido elemental de palabras es como un coro que entona una epifanía”. En “Oda a la manzana” el canto del hablante lírico se dirige a la manzana. Esto se pone de manifiesto en los primeros versos, en donde se encuentra una apelación a un y se explicita que es el fruto antes mencionado: “A ti, manzana, / quiero/ celebrarte” (322). En el mismo modelo se realzan las características positivas del objeto poético, poniendo por debajo otros frutos que no logran alcanzar las grandezas del fruto prohibido: “Qué difíciles/ son/ comparados/ contigo/ los frutos de la tierra/ las celulares uvas, / los mangos/ tenebrosos, / las huesudas/ ciruelas, los higos/ submarinos […]” (323). Es posible encontrar el opuesto de la lozanía y hermosura que describe Neruda respecto a la manzana en Veneno de escorpión azul (2007) de Gonzalo Millán (1947-2006). En este diario de muerte, la manzana, al igual que otras frutas, instaladas como metáforas cognitivas del cuerpo enfermo del hablante, se encuentran afectadas en su hermosura, ya que se hallan podridas e infectas por la peste (que es el cáncer por el que pasa el hablante): “La manzana rojiza y la pera pálida y sudorosa/ están marcadas por la peste” (68).

Lo enunciado por Sergio Ramírez resulta revelador para la interpretación que se ha hecho de este poema, pues tras los versos de Neruda se esconde una epifanía, es decir, una aparición: la modernidad que deviene tras el acto de morder la manzana. La matriz de sentido[4] con la que se analiza el poema de Neruda es el advenimiento de la modernidad, pues en “Oda a la manzana” el acto de morder el fruto es el suceso que permite deshacerse de la inocencia primigenia y acceder a la modernidad. Teniendo en cuenta el relato del capítulo tres del libro del Génesis como hipograma[5] que acompaña a este análisis, es posible establecer una semejanza entre el objeto poético de Neruda y el sujeto que describe el relato mítico de La Biblia. Así como el fruto, el hombre también ha formado parte de dos estados que han quedado divididos por el mordisco a la manzana. En su estado original, la manzana se encuentra “[…] recién caída/ del Paraíso: / plena/ y pura/ mejilla arrebolada/ de la aurora!” (323),  mientras que antes de comer del fruto prohibido, el hombre se halla desnudo, pero no siente vergüenza de encontrarse en tal condición. Tanto en el poema como en el relato bíblico hay una inocencia que caracteriza la condición primigenia. Ambos textos describen la importancia de lo corpóreo que es posible encontrar en este primer estado. La forma de la manzana y sus características son ensalzadas de igual manera a como se hace en el Génesis con el cuerpo del hombre recién creado por Dios que se encuentra libre de la conciencia y la perversión del cuerpo desnudo. En oposición a este estado inicial, luego de morder la manzana, a Adán y Eva “[…] se les abrieron los ojos, y los dos se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera y se cubrieron con ellas” (Gn. 3,7). En el relato bíblico la adquisición del entendimiento es castigada por ser un acto de desobediencia a Dios. En el poema de Neruda, también hay una pérdida de inocencia en el acto de morder la manzana, sin embargo, esto no es un hecho que merece ser sancionado, sino que el cambio de ignorancia primigenia es suplido por una nueva etapa de sabiduría que el hablante añora. Es así como se yuxtaponen las realidades temporales, ya que se establece un encuentro de simultaneidad entre el tiempo mítico (la mordida de Adán y Eva como símbolo de toda la humanidad) y el tiempo de la realidad cotidiana del sujeto nerudiano que muerde una manzana. La obra de Neruda (y específicamente el Tercer libro de las odas) logra acceder a lugares de trascendencia a través de figuras simples con las cuales: “Neruda nos dedica sus versos y nos hace partícipes de la gozosa tarea de redescubrir la esencial y tranquila belleza que se oculta en lo cotidiano” (Olivares). Al mismo tiempo, esta reversión de los espacios de lo cotidiano no implica una distancia para con las contingencias históricas de la época, tal y como expone Hernán Loyola, uno de los estudiosos más importantes de la vida y obra del poeta:

Siempre sensible a los cambios histórico-culturales, la poesía de Neruda entró también en 1956 –con algunos poemas del Tercer Libro de las Odas escritos ese año- en una fase de radical mutación con efectos que se prolongaron hasta la muerte del poeta en 1973. Hubo una compleja convergencia o afinidad entre los signos anunciadores de un cambio epocal en la cultura de Occidente y los signos textuales con que Neruda respondió a los eventos públicos y privados de ese 1956. (Loyola 17)

No obstante, antes de profundizar en el cambio de estado que deviene con el morder, es necesario analizar la confluencia de estados (inocencia/discernimiento) que se produce en el momento mismo de la mordida. En el poema, el hablante lo describe de la siguiente manera: “Cuando mordemos/ tu redonda inocencia/ volvemos/ por un instante/ a ser/ también recién creadas criaturas: / aún tenemos algo de manzana” (323). Es precisamente en esta, la cuarta estrofa del poema, en donde se explicita que la manzana goza de la misma inocencia que Adán y Eva antes de morderla. Es en el acto de comer donde tanto el hombre como el fruto pierden su inocencia y alcanzan el conocimiento que provoca el cambio de estado. Sin embargo, en el instante mismo del mordisco convergen ambos estados: criaturas originales e inocentes, que caen en el error de morder el fruto que aparece atractivo a la vista y consiguen el posterior entendimiento que enfada al Creador. Ya se mencionaba que en “Oda a la manzana” el paso al entendimiento no es algo que sea castigado, sino que es más bien ansiado por el hablante lírico. El hablante, desde la lectura moderna del poema, es un sujeto que se reconoce como individuo y expresa sus intenciones a lo largo del poema: “[…] quiero/ celebrarte” (322), “Yo quiero/ una abundancia/ total, […]” (323). A pesar de que reconoce su individualidad en el acto de desear, tiene conciencia de la pertenencia a un grupo más grande con el que comparte los mismos actos (“Cuando mordemos […]” (323) y al que también quiere hacer partícipe de este cambio: “[…] quiero ver/ a toda/ la población/  del mundo/ unida, reunida, / en el acto más simple de la tierra: / mordiendo una manzana” (324).

La modernidad, de acuerdo al texto “La modernidad como autorreflexión” de Nicolás Casullo, 

[…] tiene como elemento esencial un proceso de nueva comprensión de lo real, del sujeto y las cosas, del yo y la naturaleza […] Lo que produce básicamente esta modernización cultural acelerada de la historia es la caída, el quiebre la certificación del agotamiento de una vieja representación del mundo regida básicamente por lo teológico, por lo religioso. (11)

De acuerdo a lo anterior, se piensa en la oposición planteada previamente respecto a la postura negativa presente en el Génesis hacia la adquisición de la sabiduría por parte del hombre, frente a la que plantea el poema de Neruda. En este último, el despertar del entendimiento con el mordisco a la manzana es algo positivo. De ahí que se realice una “Oda a la manzana” y no otro tipo de poema en donde se destaquen las características negativas de esta, o un modelo que denigre la figura del fruto como un objeto que hace al hombre perder su inocencia. En Neruda, el hombre al morder la manzana gana algo más importante, oponiéndose de manera radical a la versión bíblica en donde el perder la inocencia es un hecho poco afortunado.

Mientras que en el Génesis la inocencia es un don, una muestra de virtud y pureza, desde una visión nerudiana de la mordida, la inocencia es parte de la ignorancia y de un velo que separa al hombre de la modernidad. El acto de dominar lo natural y de perder la inocencia es un fenómeno que el hablante lírico de “Oda a la manzana” añora que se expanda por los límites de la tierra. Es posible distinguir este afán expansionista por parte del hablante de “la mordida”, es decir, del entendimiento en la última estrofa del poema: “Yo quiero/ una abundancia/ total, la multiplicación/ de tu familia, / quiero/ una ciudad, / una república, / un río Mississipi/ de manzanas […]”. Mediante la mención de isotopías[6] existe toda una nueva rama de análisis frente a las figuras presentadas en el poema. Al morder la manzana, el sujeto poético entra en una dimensión de diálogo con distintos correlatos de la cultura. Esta pérdida de la inocencia se trasluce progresivamente en un traspaso por parte del sujeto desde el universo de lo natural hacia una nueva dimensión marcada por la modernidad, momento de esplendor de la cultura humana y sus capacidades.  Al mismo tiempo en que Adán y Eva al morder la manzana son expulsados del paraíso terrenal, espacio de lo original (de lo no corrompido por la conciencia ni por el pecado), este sujeto se desplaza desde la comunión con lo natural, estableciendo una concordancia con el proceso bíblico. Al abrir sus ojos, Adán y Eva entran a un nuevo espacio en el cual ya han despertado hacia la sexualidad, la que al activarse implica su procreación y al mismo tiempo la necesidad de conformar un territorio donde ellos y su descendencia directa puedan habitar y reinar: “una abundancia/ total, la multiplicación/ de tu familia, / quiero/ una ciudad” (323).

En La Biblia, es precisamente la descendencia de Adán fuera del paraíso, fuera de la naturaleza, la que comienza a edificar ciudades, marcando el inicio mítico a las civilizaciones de oriente que fueron la cuna de la civilización occidental: “Conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Henoc. Estaba construyendo una ciudad, y la llamó Henoc, como el nombre de su hijo” (Gn. 4, 17).

La descendencia de Adán y Eva, detonada por la mordida a la manzana, finalmente poblará la tierra, constituyendo en las ciudades los primeros espacios de diálogo cultural entre individuos y sujetos colectivos: “Después dijeron: “Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra.” (Gn.11, 4). Este es uno de los rasgos en los que se funda la modernidad siglos después[7].

Posterior a esta mirada hacia el origen de la civilización moderna, el hablante entonces se refiere a la actualidad de este fenómeno: “una república,/ un río Mississippi/ de manzanas,/ y en sus orillas/ quiero ver/ a toda/ la población/ del mundo” (323). La noción de república alude a una modalidad de constitución moderna de los estados, en la cual es el pueblo o los habitantes de la nación quienes por sí mismos, o mediante representantes elegidos, ejercen su gobierno. En muchos lugares, la república se considera en oposición al sistema monárquico, donde el rey hereda el poder como representante de una estirpe y que en cierto grado impone las condiciones de verdad a un conjunto de gobernados regido por un sujeto y su derecho natural. El advenimiento del sistema republicano, en gran parte del mundo, tiene que ver con la capacidad de los individuos de considerarse poseedores de un poder. Muy a la manera que propone la Ilustración de Rousseau (cuyas ideas inspiraron, por ejemplo, a los fundadores de los Estados Unidos de América), la república es parte del modelo de la modernidad en el siglo XX.

El río Mississipi es fundamental en esta imagen, pues se ubica precisamente en Estados Unidos, país considerado la república más representativa y poderosa del porvenir de la civilización humana (cultural, militar y económicamente hablando). Es precisamente EE.UU una metáfora de la modernidad y del sentido de colectividad que en el poema se asocia al proceso: “Es una República de repúblicas; un Estado que, aunque formando un todo, está compuesto de otros Estados que son más necesarios para la existencia de aquél que él lo es para la de ellos" (Bryce 39-40).

Esta nación, la república de las repúblicas, representa la distribución desde un orden central hacia todos los individuos que lo componen. En su Diccionario de los Símbolos, Chevalier alude a la figura del río como el flujo que mueve la muerte y renovación. Precisamente el río Mississipi, que atraviesa de norte a sur el país, es la figura, que dando cuenta de la extensión geográfica vertical de EE.UU, es capaz de alcanzar y distribuir con su torrente la modernidad hacia todos los elementos fragmentarios que conforman a los EE.UU. Es testigo de la fragmentariedad pero, al mismo tiempo, vehículo del advenimiento de la modernidad que añora el sujeto en el país emblema del desarrollo de la civilización a partir de este fenómeno.

Se tiene acceso entonces a la gran república, y al mismo tiempo a la transversalidad de los individuos que la componen: “Es, en sí misma, una república en una unión de repúblicas, las que obran directamente sobre cada ciudadano” (Bryce 41). Esto es aún más significativo si se considera la importancia de los EE.UU en el contexto internacional del desarrollo de las instituciones en las que se funda la modernidad, las que “se consideran el tipo de las instituciones que, impulsadas por las leyes de la fatalidad, habrán de imitar las naciones del mundo civilizado, unas más pronto y otras más tarde, pero todas sin detenerse" (Bryce 23-24). La república, la abundancia y multiplicación (ambos elementos y conceptos propios de la producción industrial que motivó el inicio de la modernidad), y la ciudad son elementos que reafirman el hecho de que “[l]a historia moderna dej[e] de pasar esencialmente por lo rural y [pase] por la metrópolis” (Casullo 20-21).

 La manzana adquiere con esto un nuevo valor metafórico[8] en el poema de Neruda. En su forma pura representa el mundo religioso original en donde el reinado es de la inocencia. La mordida, en el instante mismo del encuentro hombre-manzana, representa el vehículo de acceso a la modernidad y la dominación de lo natural (“ciudad”, “república”), la pérdida de la inocencia (“mordida”), la adquisición de discernimiento y del poder de decisión (“Yo quiero”). Aunque el hombre en el momento justo de la mordida regresa por un momento a la inocencia, esa remembranza del estado original se pierde y se transforma en el dominio de manzana, es decir, en el advenimiento del hombre en la modernidad colmado de sabiduría y entendimiento. La manzana no es como en el cuento Blancanieves de los hermanos Grimm un objeto que adormece, sino un elemento que despierta al intelecto. Es la manzana de Newton que cae y promete un paradigma gobernado por la nueva racionalidad que caracteriza a la modernidad, la que ya ha superado la inocencia bíblica. En este sentido, la manzana en esta oda se asocia a la idea de progreso y modernidad tal como lo describe Octavio Paz: “[p]ara mí, el índice es otro: la modernidad no se mide por los progresos de la industria, sino por la capacidad de crítica y autocrítica” (220).

La manzana como objeto de deseo y destrucción, forma un correlato directo con lo mencionado por Kristeva en su texto “Dios es ágape”. El deseo que provoca la manzana: “llenándome/ con tu nombre/ la boca,/ comiéndote”. (322), debido a lo apetitoso y llamativo de su aspecto produce hambre en quien la observa: “[…] tú eres pomada pura,/ pan fragante,/ queso/ de la vegetación” (323). No obstante este apetito que se abre con la contemplación de este fruto, es también una fuente de destrucción, ya que al morder la manzana se extermina la inocencia primigenia que solo puede volver a recuperarse momentáneamente cuando hombre y fruto convergen en el paso de un estado a otro.[9]

La presencia de la manzana y del acto del “mordisco” instala al sujeto en un nuevo espacio de significación (Parra): lo abre hacia la modernidad. Este desplazamiento es considerado también como un ejercicio de vitalidad, de evitar la muerte en cuanto el sujeto vuelve a nacer, pero esta vez, bajo otro paradigma, otra forma de comprender el mundo. La palabra poética de Neruda históricamente alude a una voz profética, un hablante que es el portavoz de un sujeto colectivo, sin voz. En el caso de las odas,  el hablante es un cantor de la dimensión experiencial frente al objeto, al alimento, finalmente, a lo versado. En el caso particular de este poema, es Neruda el testigo tanto de la experiencia del morder la manzana como del advenimiento de la modernidad en América Latina, “ha vivido una determinada realidad (…) y está, pues, en condiciones de ofrecer un testimonio sobre él” (Agamben 15)

En oposición a Neruda, para quien la entrada a la modernidad luego de la mordida es algo positivo que permite el paso hacia un mundo creativo y racional, es posible leer diversas obras de otros poetas chilenos que se oponen rotundamente a la llegada de este nuevo paradigma. Pablo De Rokha (1894-1968), hasta el año treinta aproximadamente, vive una etapa en la que, según palabras de Naín Nómez, se dedica a criticar el mundo capitalista y urbano, defendiendo la ruralidad. En “Genio y figura” (publicado en Versos de infancia, 1916) desde la primera línea se deja sentir el fracaso del sistema que lo rodea, ya que el hablante compara su propio fracaso con el que el mundo experimenta: “yo soy como el fracaso total del mundo, ¡oh / Pueblos! / El canto frente a frente al mismo Satanás, / dialoga con la ciencia tremenda de los muertos/ y mi dolor chorrea de sangre la ciudad” (24)[10]. Anteriormente, Andrés Bello (1781-1865) en “Agricultura de la zona tórrida” había hecho un llamado hacia lo natural, mencionado que el ser humano debe aprovechar los recursos que le da la naturaleza y no debe descuidar el cultivo de la tierra, intercambiándolo por la vida fácil de la ciudad: “¡Oh! ¡los que afortunados poseedores/ habéis nacido de la tierra hermosa,/ en que reseña hacer de sus favores,/ como para ganaros y atraeros,/ quiso Naturaleza bondadosa!/ romped el duro encanto que os tiene entre murallas prisioneros”(138)[11]. Sin embargo, una de las críticas más potentes hacia la modernidad que olvida a los sectores pobres y a las mujeres, la hace Violeta Parra (1917-1967). Para esta folclorista chilena, la modernidad ha traído un impacto negativo para las clases populares chilenas, ocasionando un aumento de la pobreza, la injusticia, la explotación, entre otras cosas. En “Mas van pasando los años”, incluido en sus Décimas: autobiografía en verso. (1988) la crítica se hace explícita, mencionando la carencia que sufre la clase más pobre: “en este mundo moderno/ no sabe el pobre de queso/ caldo de papas sin hueso/ menos sabe lo que es terno”. Lo bueno se halla en lo natural (lo positivo), que lamentablemente ha sido sustituido por lo artificial (lo negativo): “mas van pasando los años/ las cosas son muy distintas, / lo que fue vino hoy es tinta, / lo que fue piel hoy es paño […]”. Una modernidad masculina que no oye el canto que hace el hablante y que se realiza con la única esperanza de mover la conciencia de las mujeres: “dispénsenme las chiquillas/ si me hei sali´o del tema, /es que esta verdá me quema/ el alma y la pajarilla”. No obstante, el hablante reconoce que su canto no tendrá frutos positivos frente al sistema que ya se ha instalado en nuestra sociedad: “de las leyes hoy me espanto / lo que paso muy confundía / y es grande torpeza mía / buscar alivio en mi canto”.

En la misma línea nerudiana de la modernidad como advenimiento de un nuevo paradigma, se encuentra el segundo poema que analizaré: “Manzanas” de María Inés Zaldívar. A diferencia del primer poema en donde era posible encontrar un modelo formal definido, en este se opta por el verso libre, aunque con algunas rimas en la primera estrofa y versos más largos que los de Neruda, los que otorgan una musicalidad distinta a la propuesta anterior en donde los versos cortos asemejaban mordiscos a la manzana. Acá parece haber más bien un deleite de cada una de las sensaciones que desencadena el acto de contemplar las manzanas, lo que se halla expresado en los versos más extensos del poema que hacen más lento su ritmo.

La matriz de sentido que ha permitido leer este poema es el nuevo arte moderno. Casullo, respecto a la modernidad y al arte, menciona en su texto:

[…] es el espacio donde una subjetividad, una individualidad, una soledad, desde la imaginación, desde la sensación, desde el sentimiento, desde la sensibilidad, desde la crítica, va a expresar mejor que nada, anticipadamente, este problema de nuestra subjetividad en el mundo y en el espacio y en el tiempo y en la ciudad. (22)

De acuerdo a la cita anterior, hay que comprender que el arte moderno comienza a desprenderse de la tradición de la representatividad y con esto, empieza a gestarse un nuevo concepto moderno de belleza. En la modernidad, la experiencia de los sentidos va de la mano con un arte moderno que supera la tradición anterior. La belleza deja de juzgarse como objeto que cumple un cierto canon o modelo establecido y se vuelve una experiencia guiada por los sentidos. El epígrafe de Ad Reinhardt que se incluye en el poema, hace referencia a esta nueva intención de terminar con la limitación que impone el mundo real, haciendo un llamado a que, si la realidad no agrada, sea modificada a la manera de hecho Paul Cézanne (1839-1906): “Cézanne encontró que una manzana era más callada que un rostro,/ y pintó flores artificiales, porque las flores reales hablaban demasiado” (28).

La manzana en este poema sufre una ambivalencia. Es, en el sentido literal, un fruto capaz de evocar diversas sensaciones, pero es también, en su sentido metafórico, el objeto que se describe bajo el nuevo paradigma del concepto de belleza artística que está entrando en la modernidad. Es un objeto poético que no sólo satisface el hambre que se asocia al sentido del gusto, sino el fruto en donde convergen todos los sentidos que, tal como menciona Casullo, definen a la nueva época moderna rebosante de sensación, sentimiento y sensibilidad. Que los muchos cuadros de Cézanne sean el hipograma con el que se ha querido leer este poema, no tiene nada de extraño, pues este pintor francés es considerado el padre del arte moderno. De ahí que el hablante haga referencia a las manzanas pintadas por este artista, como mención del advenimiento de un nuevo arte que satisfaga el hambre que ya no logra ser saciado con aquellos referentes que pueden ser encontrados en la realidad y que los movimientos fieles al arte representacional se encargaron de plasmar en sus cuadros por años: “Ni las fuji, ni las golden, ni las verdes rojas o amarillas,/ para el hambre sólo manzanas de Cézanne” (28). En este sentido, las palabras mencionadas por Cristián Gómez en su reseña a Naranjas de medianoche, cobran sentido en tanto que destaca la capacidad de Zaldívar para crear nuevas significaciones a partir de referentes utilizados anteriormente en la cultura: “[…] no vemos un retorno a ninguna parte, ni a una edad de oro ni a un paraíso perdido, sino un espacio cruzado por las tensiones de una amenaza externa, un afuera que percibido como peligro invita, […] a inventar un topos nuevo y a reinventar otros previos, dentro de cuyos límites la amenaza previamente descrita se morigera o aplaza”[12].

En “Manzanas” el hambre no se satisface solo con el acto de comer. El hambre es una sensación que necesita ser saciada por medio de los sentidos, así como el nuevo arte moderno lo requiere. De ahí que las isotopías de los sentidos sean descritas en su totalidad en la primera estrofa del poema:

Quiero hartarme de su mano,
recogerlas a diestra, a siniestra, por doquier
sin brújula ni límite, a destajo
degustarlas sobre la mesa, en la ventana,
bajo la luz, junto a la vasija o la candela,
sumergirme en la fragancia perdurable de la tela
y sorber el jugo de la colorida curva
que como avalancha me alcanza, cerca, atrapa
y adormece hasta el último mordisco. (28)

Tal como menciona Silvia Tieffemberg en su texto Naranjas de medianoche. Sobre la poesía de María Inés Zaldívar: “Naranjas de medianoche es un libro que se degusta con todos los sentidos (se palpa, se huele, se saborea) y encuentra su certeza en el equilibrio inestable de lo dulce y lo ácido”. El gusto (“degustarlas”, “sorber el jugo”, “mordisco”), el tacto (“recogerlas”, “alcanza, cerca, atrapa”), la vista (“bajo la luz, “hartarme de su mano”) y el olfato (“sumergirme en la fragancia perdurable de la tela”) ponen de manifiesto un arte que para dejar satisfecho, estimula todos los sentidos.

En el último verso de la primera estrofa y en la segunda estrofa por completo, se incorpora el concepto de belleza y se apela con ella a la felicidad. Sin perder de vista el hipograma central con el que he comenzado el análisis de este poema, en esta segunda parte vienen al recuerdo dos relatos en donde la manzana se encuentra ligada al concepto de belleza. Tal como se indica en el último verso de la primera estrofa, la contemplación de la manzana, confundida con el acto de morder, adormece al hablante. Aquí existe una primera alusión al cuento Blancanieves de los hermanos Grimm. La manzana de Blancanieves adormece en el primer mordisco, mientras que la manzana que contempla el hablante del poema no es figurativamente mordida. La mordida simboliza la apropiación de la obra a través de los sentidos, por eso adormece hasta el último mordisco, pues provoca un éxtasis mediante toda la experiencia de la obra. Pero la manzana es también el fruto responsable de generar el deseo en el hablante, tanto la que es atractiva tal y como en Blancanieves, como la que es el símbolo mítico de la belleza como en el mito griego de la manzana de la discordia. Finalmente, es el símbolo concreto de la belleza, y, en el poema de Zaldívar, de cómo experimentar esta belleza a través del éxtasis de los sentidos, idea que se refuerza en la segunda estrofa:

Quiero morir de placer, en una orgía
con manzanas de Cézanne
pues, ¿no es la felicidad, acaso,
ese mordisco a la manzana
que rueda desde el tiempo
y te atora de belleza. (28)

En este fragmento, la felicidad y el éxtasis sensorial se relacionan directamente con la figura sexual de la orgía. Es esta saciedad (el mordisco que atora de belleza), este goce de los sentidos el que permitirá el acceso a la felicidad. La búsqueda de la felicidad en el complemento de los cuerpos, entre el cuerpo humano y el cuerpo de la fruta, es motivado por el deseo, tal y como expresa Paz: “[…] El erotismo, por ser un ir más allá, es una búsqueda. ¿De qué o de quién? Del otro- y de nosotros mismos. El otro es nuestro doble, el otro es el fantasma inventado por nuestro deseo” (230). En el poema, esta idea queda expresada de la siguiente manera: “Quiero morir de placer, en una orgía/ con manzanas de Cézanne” (28). El placer se asocia al hecho del goce de la contemplación, el tacto, olfato y gusto de aquellas manzanas.

En su estudio sobre la cocina, Michel de Certeau coincide con Pereira cuando menciona que hay un código que hace al gusto: “Descubrí poco a poco no el placer de comer buenos platos (me atraen poco los deleites solitarios), sino mucho del placer de manipular materias primas, organizar, combinar, modificar, inventar.” (155). Tal como sucede con los alimentos, en el poema “Manzanas” se intenta entregar un cierto código que hará al nuevo arte que ahora se entenderá por bello. Del mismo modo en que cocinar tiene una gramática que hace efectiva y deliciosa la cocina, el nuevo arte moderno tiene una gramática en donde los ingredientes son los sentidos, los que le entregan belleza a la obra de arte. Este nuevo arte es un elemento asociado al placer que debe experimentar el artista.

En concordancia con las ideas de Marco Antonio de la Parra, en el poema de María Inés Zaldívar, la manzana derrota al hambre, y su éxtasis se prolonga mediante su consumo. El hablante entonces, al aludir a las manzanas de Cézanne, reconoce en el placer estético de su contemplación sensorial un estado placentero que se extiende en la medida en que la comida, en este caso la manzana, es un elemento partícipe en la experiencia del sujeto.

Por último, Julia Kristeva describe la incursión de un Tercero entre el alimento y el objeto alimentador. Este Tercero estaría representado por el ojo de Cézanne, órgano que finalmente es el que promueve el origen del arte moderno. Este arte moderno propuesto en el poema no es solo una nueva forma de interpretar el arte, o de mirar la realidad, sino que es una nueva forma de hacerlo. Entre los ojos del hablante lírico y la modernidad se encuentra como mediador el arte de Cézanne: “Introduciendo así el Tercero entre el Yo y su hambre destructora, estableciendo una distancia entre ese mismo yo y su nodriza, el cristianismo ofrece a la avidez destructora… un Verbo. El lenguaje” (Kristeva 132).

En “Apocalipsis doméstico”[13] de Gonzalo Millán (1947-2006), otra es la versión sobre los elementos constituyentes de la modernidad. En oposición a Zaldívar, para quien la tela de Cézanne es la oportunidad de satisfacer el espacio que ya no logra ser completado por el arte anterior, en Millán los elementos de la modernidad han quedado atrás y no son una solución para mejorar lo pasado. En el poema, todo lo que se deteriora son elementos que forman parte de la modernidad: “la juguera está descompuesta. Y empeñada la sortija de diamantes […] el auto viejo estacionado afuera / no arranca desde hace meses o años”. No hay en Millán la esperanza que sí hay en Zaldívar de encontrar algo mejor en la modernidad. Para el hablante del poema de Millán, la modernidad ya ha quedado atrás: “[…] mirando/ como la bestia de las dos espaldas/ gruñendo convulsa se revuelca/ intentando devorarse a sí misma”.

En el poema “Naranjo de Alciato” de María Inés Zaldívar (que en el índice se presenta como “Emblema Naranja”) las reminiscencias hacia el origen se acercan hacia una lectura mítica de los versos. La composición del poema permite establecer un nexo directo con la obra de Andrea Alciato (1492-1550), y de esta forma construir sentidos y significaciones mediante un nuevo horizonte comparativo en el tiempo.

El modelo en que se presenta el poema responde precisamente a la forma del emblema practicada por el italiano, incluso citando directamente el trabajo de Alciato en el mismo poema, a modo de una cita poética que permite leer desde un nuevo código los dos dísticos que complementan la imagen del emblema, ejerciendo una traducción poética, o una reescritura conducida de la obra citada. Roberto Onell en su texto Frutos que nos reconocen. Primera lectura de Naranjas de medianoche, de María Inés Zaldívar destaca la forma en que la autora hace uso de diversos referentes culturales, los que se encuentran marcando el poemario desde su portada hasta la inclusión realizada dentro de los mismos poemas, además de la propia creación de la autora que se adjunta a estos discursos tomados de la cultura:

Ateniéndome a la disposición del volumen, la portada muestra el título enmarcado en el emblema del naranjo de Andrea Alciato, el humanista italiano del siglo XVI […] Después, “Naranjo de Alciato”, que en el índice aparece como "Emblema Naranja", ostenta la figura aludida y el terceto del autor, llamado "El naranjo", bajo lo cual María Inés plantó dos dísticos de su propia cosecha.

Este ejercicio de reescritura a través de la cita poética es precisamente la posición de enunciación en la cual podemos situar al hablante. La existencia de un antecedente artístico que se hace evidente mediante el trabajo de la cita permite asumir una intensión sobre  la misma obra, la cual puede ser crítica, revisionaria, histórica, testimonial o con un afán actualizador.

Establecida ya la posición de enunciación, es posible definir como la matriz de sentido la re-descripción y actualización de la figura de la naranja, a partir del emblema de Alciato. Esto quiere decir que los cuatro versos escritos bajo el emblema anexado deben leerse y comprenderse de acuerdo a la lógica del terceto antes presentado, y desde ahí, establecer una lectura y una relación con lo mítico. De acuerdo a lo previamente planteado, la hipótesis de lectura frente al objeto es que la naranja como fruto representativo de un origen mítico (perteneciente principalmente a la mitología griega, que alude a ella como la “Manzana de oro”) se establece como una fruta de oposiciones y contradicciones. Estas se hacen evidentes en la versificación de su origen y de las sensaciones que evoca a una realidad mítica en la cual la marca del fruto ha sido precisamente la oposición y la contradicción.

El principal correlato cultural (hipograma) de la lectura del poema, a nivel formal y como base del contenido, es precisamente su relación directa con el emblema de Alciato. Esta relación permite estrechar otros nexos de contenido que, a partir del terceto original, se unen directamente con el poema de Zaldívar. Un ejemplo es la relación del fruto con la mitología griega y, a partir de este origen mítico, la presencia de la figura de la oposición y la contradicción que envuelven al fruto en el poema. La asociación directa con el carácter mítico de su origen está ligada con el mito de la manzana de la discordia (la “manzana de oro” cuyo origen léxico es similar en griego y latín al de la naranja), en el cual Paris debe, por orden de Zeus, regalar la fruta a la que considere la diosa más bella. La elegida en este juicio es Afrodita (cuyo equivalente en la cultura romana es Venus, precisamente citada en el emblema de Alciato), la que al mismo tiempo ofrece a  Helena a cambio de la elección. Esta decisión desencadenará un amor dulce y glorioso entre Paris y Helena. Sin embargo, tendrá su momento amargo, pues determina el inicio de la Guerra de Troya, que concluye con la derrota y masacre de los troyanos. Todos estos eventos son desencadenados por este fruto que trajo amor, pero al mismo tiempo trajo muerte: dulce y agraz.

Las isotopías remiten a la figura de la contradicción y están presentes en gran parte de los cuatro versos que componen la reescritura del emblema: “dorado”/ “plata”; “amarga”/ “dulce y claro”; “miel”/ “agraz”; “boca”/ “mirada” (44). En este caso, la condición de “dorado” del fruto, remite a la grandeza y la divinidad del mismo respecto de su origen (“[s]i de diosa vino este fruto dorado”) mientras que la “plata” es amarga, y sella la suerte del fruto negativamente (“con amarga plata queda estampado”). Esta amargura de la plata también se opone a la condición natural del jugo de la naranja como “dulce y claro”, pero que al mismo tiempo genera una contradicción para los sentidos al momento de consumirla (“Miel en la boca, agraz en la mirada”). Esta contradicción se mantiene en función del terceto original de Alciato, que versa sobre la naranja mediante la figura contradictoria de lo “agridulce”: “Su amargor dulçe claro lo demueftra/ Que anfi el Amor dulç’agro fuè llamado” (44).

De acuerdo a lo propuesto por Kristeva, el poema de María Inés Zaldívar remite a un Tercero para distanciarse con el objeto alimentador. Este Tercero es precisamente Alciato, a quien se cita explícitamente, y quien representa el nexo separador entre la naranja y los versos elaborados por la autora. Este Tercero (al igual que en el poema “Manzanas” que remite a las obras de Cèzanne) es el punto intermedio que genera la distancia entre el hombre y el objeto. El origen mítico del fruto y las expresas relaciones que se establecen en el poema entre la naranja y su origen, hacen pertinente el análisis a partir del texto de Michel De Certeau, quien propone que el fruto es un elemento ya culturizado pues es comestible: “[d]ebido a que los hombres no se alimentan de nutrimentos naturales, de principios dietéticos puros, sino de alimentos culturizados” (172). En el caso de la naranja y su presencia ya en una obra que en el siglo XVI remitía a un origen en la mitología griega, hace que como fruto ya se encuentre culturizado.

En cuanto a los alimentos, en especial las frutas, no es extraño encontrarlas en distintos correlatos de la cultura occidental. Muchas veces también en la cultura y memoria personal o nacional existen símbolos o figuras en las que, por ejemplo, la manzana aparece como protagonista. Ya se ha visto en este trabajo la relación entre las manzanas de los poemas con el cuento de los hermanos Grimm Blancanieves, en la actualidad reversionado como una historia infantil donde la manzana es la que carga el veneno que dormirá a la joven Blancanieves, evento desencadenado por la envidia que genera su hermosura. Tanto positiva como negativamente, la figura de la manzana siempre se hace presente, como en la expresión “ser la manzana podrida” aludiendo a un sujeto que representa una mala influencia en un cierto grupo humano (y su capacidad de “podrir” al resto de las manzanas sanas) o en lo precisamente opuesto, como símbolo de salud en los anuncios de productos dentales, donde la fortaleza se expresa precisamente al morder la manzana, al dominar a la naturaleza.

Aunque estas asociaciones surjan de manera veloz a la memoria de los individuos, este proceso no requiere de un conocimiento pleno de las implicancias simbólicas históricas que tiene la figura de la manzana, como la de los alimentos en general, y más especialmente en la poesía chilena. Pablo De Rokha, por ejemplo, a partir de “Rotología del poroto” pasa por una etapa en la que se encuentra muy ligado en su escritura a los alimentos. Para él, los alimentos ya no son un objeto accesorio, sino que son elementos que construyen parte de nuestra identidad.

En la ya mencionada obra de Chevalier se presentan distintas comprensiones de la manzana y su significación en la cultura universal, como por ejemplo, en cuanto a la asociación presentada entre manzana y salud:

En las tradiciones celtas la manzana es una fruta de ciencia, de magia y de revelación. Sirve también de alimento maravilloso… tres manzanas del jardín de las Hespérides: quien come de ellas no tiene ya hambre ni sed, ni dolor, ni enfermedad, y ellas no disminuyen nunca. (688)

Desde otra mirada, la manzana también ha sido asociada a la revelación y al conocimiento, simbolismo mucho más cercano a la lectura de los poemas referidos al fruto en este trabajo:

La manzana se utiliza simbólicamente en varios sentidos aparentemente distintos, pero más o menos allegados; estos son: la manzana de la discordia atribuida a Paris; las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, que son frutas de inmortalidad: la manzana consumida por Adán y Eva y la manzana del Cantar de los Cantares, que según enseña el Orígenes representa la fecundidad del Verbo divino, su saber y su olor. Se trata pues, en todas las circunstancias, de un medio de conocimiento, pero que es fruto tan pronto del árbol de la vida como del árbol de la ciencia del bien y del mal: conocimiento unitivo que confiere la inmortalidad, o conocimiento distintivo que provoca la caída. (688)

Esta asociación de la manzana con el conocimiento, también se ha construido a partir, por ejemplo, de la imagen de la manzana de Newton. Esta, al caer sobre la cabeza del científico inglés, le permite comenzar a deducir las leyes que regirían el comportamiento gravitacional universal. La naturalidad de la caída del árbol de la manzana madura, es racionalizada por la ciencia, es decir, desde la naturaleza, se obtiene el conocimiento que fundará las convenciones de la modernidad.

Además de este tipo de referencia de orden letrado es posible encontrar referencias en el contexto popular. Por ejemplo, la canción “Manzana”[14] del grupo de rock argentino Los Enanitos Verdes, en cuya letra se describe a los sujetos antes de morder la manzana (en una alegoría del Jardín del Edén) “como idiotas, es que andamos todo el día/ oliendo flores de la mano”. Pero esta asociación con un conocimiento que no se posee, se encuentra directamente relacionado con la tentación y la satisfacción de ciertos placeres que la contemplación del objeto no permite saciar: “No teníamos alternativa alguna/ y nos fuimos a comer de la manzana/ que no se porque es prohibida/ si es tan bueno su sabor, tan nutritiva”. La manzana sigue siendo un punto definitivo de la pérdida de la inocencia, pero al mismo tiempo, es una inocencia que el hablante quiere perder, luego de saber a lo que se enfrenta: “La comimos sin leer las advertencias, / sin saber si había efectos secundarios/ y el castigo tan temido no venía […] La variedad en el buffet/ en el buffet de las tentaciones /me hace volver/ una y otra vez y al final siempre/ termino pidiendo lo mismo.”

La prohibición y la tentación son circunstancias que se implican la una a la otra. Como especifica Cirlot:

Es símbolo de los deseos terrestres, de su desencadenamiento. La prohibición de comer la manzana venía por eso de la voz suprema, que se opone a la exaltación de los deseos materiales. El intelecto, la sed de conocimiento es – como sabía Nietzsche- una zona sólo intermedia entre las de los deseos terrestres y la de la pura y verdadera espiritualidad (279).

Un correlato de similares características, es decir, que incluye tanto el elemento del conocimiento como el del acceso a una vida materialista basada en los deseos terrestres es el que se encuentra en el símbolo de la compañía computacional Apple, cuya imagen corporativa corresponde precisamente a una manzana, pero también a una manzana “mordida” (Ver Imagen 1). Este detalle es expresamente interesante considerando la relevancia que las compañías como Apple (fundacional en el rubro de la industria de la computación) sostienen en la sociedad occidental contemporánea. La manzana mordida, es también una forma de dominar a la naturaleza a través de la tecnología, a través de la manipulación de recursos naturales a todo nivel, que han permitido a esta industria extenderse hasta los niveles que hoy en día son de conocimiento global. Es el símbolo de una elección que ha vivido la sociedad, de regir sus lógicas de comunicación hacia lo material. Morder la manzana es elegir esta vida alejada de lo espiritual, y en el caso de Apple, la ostentación de esta imagen de la manzana mordida es también una expresión de poder y un elemento de seducción para el consumidor, quien puede acceder con el producto a “morder la manzana” (a dominar a la naturaleza).

La figura de la manzana ha posibilitado, manteniendo el símbolo original de Apple, una diversificación del perfil de la compañía. Esto, luego de los reclamos de instituciones ambientalistas, ha generado que la imagen de la manzana modifique su significado para volver a la imagen previamente expuesta de la manzana como símbolo de lo sano (Ver Imagen 2). En este caso, ya no hay una mordida, sino una muestra de la naturaleza de la manzana, con un perfil científico. Hay una dominación de la naturaleza, pero claramente la violencia inherente al morder se pierde por una muestra de dominio más ligado a la práctica de la ciencia, es decir, al conocimiento mismo.
           
A modo de conclusión, es posible encontrar un punto en común en cuanto a la visión compartida por ambos poetas, en los tres poemas, en referencia a la fruta y su relación con el mito. Existe una conciencia asociable a lo latinoamericano, desde la cual el sustrato mítico, en especial de origen greco-latino, constituye la raíz desde la que germinan los frutos y productos de la naturaleza. El trasfondo cultural que rodea el origen mítico de las frutas corresponde a una cosmovisión desde la cual los elementos de la naturaleza adquieren ciertas características que trascienden a la realidad moderna. Existe una contradicción en cuanto a la presencia de las frutas como índices del advenimiento de la modernidad, ya que este nuevo paradigma deja de lado mediante la racionalización del mundo muchos elementos y relatos que atribuyen características míticas a lo humano, natural y divino (la visión teológica del mundo ha quedado atrás). En este sentido, la naranja y la manzana son puntos axiales en los cuales convergen dos mundos: la modernidad y la dimensión premoderna en la que prevalece el pensamiento mítico.

Las frutas, tanto como alimento como en su dimensión simbólica, son referentes de un cambio, el cual se ha hecho presente también en muchos casos de la cultura moderna donde la figura mítica de la fruta ha sido resemantizada. Son los vehículos para ingresar a la modernidad (como las manzanas de Neruda y Zaldívar), a un mundo de contradicciones (como la naranja de Zaldívar), que funda la realidad en el cual los poetas se desenvuelven y que tratan de desentramar mediante la comprensión de lo mítico. Es en este momento en que se produce el desplazamiento para sobrevivir a la modernidad, es decir, el comprenderla reviviendo un momento de primer ingreso, a través de la fruta como punto de transición.

 

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BIBLIOGRAFIA

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Notas

[1] Trabajo elaborado en el contexto del Seminario de Literatura Hispanoamericana (Poesía), dictado por los doctores Magda Sepúlveda y Naín Nómez, en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

[2] Licenciada en Letras con mención en Lingüística y Literatura Hispánicas y Certificado académico en Dramaturgia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente elaborando su tesis para obtener el grado de Magíster en Letras, mención Literatura en la misma casa de estudios.

[3] Neruda, Pablo. Tercer libro de las odas. Barcelona: Debolsillo, 2003.

[4] Michael Riffaterre al referirse a la matriz del poema la define de la siguiente manera: “[l]a matriz es hipotética siendo sólo la actualización léxica y gramatical de un estructura. La matriz puede ser personificada en una palabra en cuyo caso la palabra no aparecerá en el texto. Está siempre actualizada en sucesivas variantes; la forma de estas variantes es gobernada por la primera o primaria actualización, el modelo” (Trad. Jorge Pizarro 19). De acuerdo a lo mencionado por Riffaterre, matriz, modelo y texto son solo variantes de una misma estructura derivada de un poema.

[5] El hipograma es, según lo enunciado por Riffaterre, una intertextualidad cultural. Es algo concreto que se puede hallar en la cultura y con la que se pretende dar una interpretación al poema. Hay que tener en cuenta que estos pueden variar respecto al sujeto que esté haciendo el análisis: “These hypograms differ from the proceding category in that they are already actualizad in set forms within the reader`s mind.” (Riffaterre 39)

[6] Por isotopía, Francois Rastier hace alusión a la repetición de diversas unidades lingüísticas, que se encuentran extendidas a lo largo del texto. De ahí que se piense en el poema como un puzzle que el lector debe reconstruir.

[7] “[…] la ciudad, desde su orden arquitectónico e ideológico, se multiplica en desórdenes, pluralidades y yuxtaposiciones.” (Guerra 287)

[8] Paul Ricoeur en su texto “Metáfora y referencia” describe la metáfora como aquello que es  “[…] al servicio de la función poética, esta estrategia de discurso por la cual el lenguaje se despoja de su función de descripción directa para acceder al nivel mítico en que su función de descubrimiento se libera” (367). De esta manera el autor reclama un derecho lector de pasar del enunciado a la denotación, concibiendo el texto como un hecho que va más allá de la escritura en sí misma y que se expande al proceso de concepción, creación y distribución del mismo, se perfila así un universo para la obra literaria.

[9] El deseo de modernidad, de acceder a la modernidad, acaba con la inocencia, pero con la convicción de no destruir por una mera desaparición, sino que para constituir una superación, como propone Kristeva: “[e]l amor será en adelante un discurso que tendrá en cuenta el hambre mortífera, que se construirá sobre ella, pero que la duplicará y, desplazándola en el símbolo, la sobrepasará” (132)

[10] Nómez, Naín. Nueva Antología de Pablo de Rokha. Santiago: Sinfronteras, 1987.

[11] Ramírez, Marco. Antología Poética de Andrés Bello desde el paisaje americano. Santiago: Universidad de los Andes, 2008.

[12] Gómez, Cristian. “Naranjas de medianoche”. Proyecto patrimonio 2007. Extraído desde http://www.letras.s5.com/miz120207.htm. Visitado el 25 de noviembre de 2010.

[13] En: Millán, Gonzalo. Vida. Santiago: Editorial Cordillera, 1984.

[14] “Justo antes que chocaran los planetas / tú y yo teníamos que conocernos / no teníamos alternativa alguna / y nos fuimos a comer de la manzana / que no sé por qué es prohibida / si es tan bueno su sabor, tan nutritiva. / La comimos sin leer las advertencias, / sin saber si había efectos secundarios / y el castigo tan temido no venía. / Tu sonrisa es el reflejo de la mía, / como idiotas es que andamos todo el día / oliendo flores de la mano. / La variedad en el buffet / en el buffet de las tentaciones / me hace volver una y otra vez / y al final siempre  termino pidiendo lo mismo. / Con el tiempo fuimos tomando conciencia / tantos niños reclamando con urgencia / atención, comida, tiempo, desveladas. / Demográfica explosión no imaginada / y pensar que todo comenzó / por darle una mordida a esa manzana. / La variedad en el buffet / en el buffet de las tentaciones / me hace volver /una y otra vez y al final siempre / termino pidiendo lo mismo. / - Cantinero/- ¿Qué? /- Más de lo mismo.”


 

 

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