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ERNESTO SABATO

LA PASIÓN A LOS 80

Desde Buenos Aires, por Alejandra Dahia
Revista Caras, 30 de septiembre de 1991



Decir que Ernesto Sábato es uno de los más talentosos escritores de habla hispana es cierto, pero insuficiente. No sólo de libros brillantes está hecha la trayectoria del ganador del Premio Cervantes 1984, al que no pocos le auguran el Nobel de Literatura que su compatriota Jorge Luis Borges no tuvo. Eso, aunque él asegure que le daría vergüenza obtener una distinción que ni Joyce ni Kafka ni Rilke recibieron.

Con sólo tres novelas y una profusión de ensayos, Ernesto Sábato trasciende su rol de inventor de ficciones. Tenaz defensor de un puñado de principios morales, no ha claudicado su coherencia aunque semejante obstinación le haya puesto obstáculos en el camino. Así llegó a encabezar la Conadep (comisión nacional para investigar la desaparición de personas) durante el gobierno de Raúl Alfonsín, una etapa que le dejó huellas indelebles en el carácter y en el alma.

Su imagen delgada y movediza no parece corresponder a los ochenta años que acaba de cumplir. Pero si alguien se lo dice, Sábato lo tomará como un asunto de buena crianza, se acomodará nerviosamente los anteojos y preferirá cambiar de tema.

-Alejandra. Usted se llama como mi Alejandra –abre el diálogo Ernesto Sábato con esa voz modulada y grave que ya resulta familiar incluso a quienes nunca antes dialogaron con él. Murmuro que leyendo Sobre héroes y tumbas yo también imaginaba haber inspirado ese personaje, con el que al menos tenía un nombre común.

Nos sentamos en el salón de su antigua casa. El lugar está tapizado de bibliotecas blancas y enfrenta un ventanal abierto al jardín. El escritor bromea al fotógrafo por la manía de no darle tregua a la máquina. En esos instantes, cuando una ocurrencia le borra las arrugas de la frente, Sábato se ríe para adentro con pudor, de un modo que pocas fotografías pueden registrar. Es un gesto tierno, sin precauciones, pero incondicionalmente fugaz.

-¿Qué pensaba de la vejez cuando empezó a escribir?
-La imaginaba. En general no se piensa en la vejez sino cuando se la tiene. Claro que no me impidió incluir personajes viejos en mis novelas, porque un escritor tiene que poder imaginar tanto a un adolescente como a un anciano. Si no tiene esa intuición, que se dedique a otro oficio.

-¿No imaginaba su propia vejez?
-No, de ninguna manera. Hubiese sido un acto de masoquismo. Esa es una calamidad que viene sola y no hay por que convocarla (se ríe)

-¿Es serio que es tan negativa su visión sobre esta parte de la vida?
No, no. Lo digo porque la vejez implica de una manera u otra la muerte próxima y no me gusta morir. No es que le tenga miedo. Fíjese que estuve tres veces en peligro de muerte y me he dado cuenta de que no le temo como, por ejemplo , a los terremotos. Pero es, digamos, un hecho lamentable. Sobre todo si uno no está seguro de la sobrevivencia.

-¿Cree en la reencarnación?
-A eso me refería. Si grandes hombres como Platón o Pitágoras y muchos contemporáneos creen en la posibilidad de vida eterna, ¿por qué hay que pretender ser más intuitivos y sabios que ellos? Creo que es un acto de modestia admitir esa posibilidad y al mismo tiempo es algo reconfortante. Porque, claro, la vida está hecha fundamentalmente de desdichas, pero tiene muchas cosas buenas. Tantas, que uno se resiste a morir. Yo a veces he pensado que en el momento de la muerte, si uno está lúcido, va a ansiar cosas muy humildes. No hablo de volver a Florencia, sino (pienso, lo estoy imaginando) de viajar en el colectivo 60, en un día de verano, yendo al Tigre, apretujado, sudoroso, con gritos. Esas cosas tan mínimas son las más deseables. De manera que creo que la vida es tan curiosamente fascinante que aun en medio de las mayores desdichas uno se resiste a abandonar la existencia.

-Si alguien le propusiera elegir una nueva vida, ¿cómo sería?
-No sé, ya en tren de elegir una nueva vida, imagínese, es una tentación muy fuerte. De lo que estoy seguro es que no cometería los mismos errores que he cometido. A diferencia del arte, la vida se hace en borrador. ¡Y cuántas cosas quisiera corregir! ¡Cuántos momentos desagradables, equivocaciones, injusticias pequeñas o grandes crueldades quisiera enmendar!

-Le oí decir que vivir es en cierta forma acumular equivocaciones…
-Claro. Es que en arte uno puede corregir veinte veces y eso se nos niega en la vida. Y precisamente por eso es que el arte existe. Porque somos mortales y necesitamos crear algo perfecto en un mundo de imperfecciones.

-Muchas veces usted ha hablado de las desilusiones. ¿Cuál es la mayor que le ha tocado vivir?
–Uno tiene muchas desilusiones a lo largo de la vida. Pero yo tengo esperanza. Prefiero equivocarme por generosidad y no por mezquindad. A veces uno pone toda su fe en una persona y no nos corresponde. Bueno, yo elijo esa desilusión antes de negar una ayuda por las dudas.

¡QUE MARAVILLA!

Matilde Kuminsky, su mujer, está ahí, quietita en un sillón contiguo al del escritor, para apuntarle cada tanto una sugerencia, aunque él se lo reproche. “Eso opina Matilde”, dice, como queriendo rechazar su intromisión. Ella lo acepta con cara cómplice. Parece que para los dos se tratara de un juego. Y en seguida Sábato la mira de reojo para adivinar si se siente bien. Un ejercicio que lo ocupa desde hace unos meses, cuando ella enfermó.

Están juntos casi desde la adolescencia. Se conocieron en la Universidad de La Plata, donde Ernesto Sábato descubría el universo exacto de la física, y a los 17 años Matilde se fue de su casa para vivir con ese muchacho que la encandilaba por su inteligencia y una sensibilidad tan apasionada por los ideales juveniles. Apoyó su ruptura con el comunismo, repartió entre amigos los libros de física que en 1944 su esposo decidió no volver a usar nunca más, y se fueron a las sierras de Córdoba, donde vivieron sin agua ni luz.

Con esta mujer comparte hoy Sábato una familia de dos hijos (Jorge Federico y Mario) y seis nietos. Ella fue la primera en leer sus obras, su crítica más desapasionada. Y también gracias a ella llegó a editarse Sobre héroes y tumbas, la novela intermedia en la trilogía del autor, posterior a El túnel y anterior a Abadón, el exterminador. “Sobre héroes…le costó una grave enfermedad a Matilde y por eso la salvé. Si no, la hubiera quemado”, dice él ahora, después de haber alimentado fogatas con hojas redactadas en noches interminables.

-¿No quisiera poder rescatar algún trabajo de los que quemó?
– Fíjese que gente amiga o de mucho talento me ha dicho que el autor no es la persona más indicada para decir esto sí, esto no. Y tienen razón. Reconozco que he cometido mucha equivocaciones. He sido muy autodestructivo. Porque un libro traducido a treinta lenguas debe tener algún valor universal y sin embargo yo estaba dispuesto a quemarlo. Por eso le aconsejo a los muchachos que eviten los extremos: ni dejarse tentar por la facilidad de publicar todo ni tampoco destruirlo. Por lo demás, soy partidario de escribir poco. Si uno logra escribir en su vida un solo libro que permanezca en la historia, ¡Dios mío: qué maravilla!

-Hace unos años usted afirmaba que aún no había escrito su gran obra. Ahora que ha decidido no escribir más, ¿cuál cree que lo trascenderá?
-No sé siquiera si alguna va a merecer eso. Pero los libros que he publicado son hijos míos y uno quiere a los hijos hasta por sus defectos. Además, lo que he escrito son verdades de las que no me arrepiento. Y si esas verdades alcanzan el arte, tienen la eternidad del alma humana.
“Fíjese que curioso: una vez Marx le escribió una carta a un amigo en la que se mostraba perplejo porque las obras de Sófocles siguieron emocionándonos a pesar de que las estructuras sociales y económicas de su época fueran tan diferentes a las de ahora. ¿Cómo hasta un hombre tan talentoso pudo equivocarse tanto por culpa de una doctrina? Creía que todo era histórico, pero no todo lo es. La muerte, la soledad, las desventuras, la felicidad, el problema de Dios tienen la permanencia de la condición humana. Y el arte que perdura se hace universal”.

PURA BASURA

En 1947, Sábato se mudó a la vieja quinta de Santos Lugares, en las afueras de Buenos Aires, donde ha vivido hasta hoy.

Ahí nadie recoge las hojas cada otoño y los huéspedes novatos descubren la estatua de Ceres entre cipreses, magnolias y hiedras.

El escritor recibe a poca gente en ese sitio cálido, en el que las obras de Berni y Castagnino conviven con las de otros pintores menos célebres y fotografías familiares enmarcadas. Tal vez el poeta Rafael Alberti –quien lo visitó cuando estuvo en Argentina meses atrás- traspasó la frontera territorial más privada de esa geografía hogareña: el atelier donde Sábato recrea sus criaturas imaginarias desde que los médicos le prohibieron leer y escribir. Con telas y pinceles rechaza la idea de dictar para continuar su obra literaria. Eso, aunque alguna vez definió a la escritura como un acto compulsivo.
Le gusta utilizar el verbo rumiar de modo autorreferencial. Así que todos los que lo conocen le han oído alguna vez rumiar sus obsesiones: “Son varias. La justicia, lo absoluto… Sobre ellas he escrito siempre. Creo que es lo que hace cualquier persona que se vale del arte para salvar su vida y la de sus lectores. Los demás son fabricantes de libros, como los betselleros norteamericanos. Pura basura”.

-¿Ha cambiado su relación con Dios en los últimos años?
-No. Yo siempre estuve en busca de lo absoluto.Y así me ha ido. Nunca me gustó la injusticia y el hecho de que un chico se muera de hambre cuestiona de una manera u otra la existencia de Dios. Por eso de joven me acerqué a los movimientos revolucionarios anarquistas donde conocí a verdaeros santos. Y lo hice con un sentimiento pararreligioso. No se puede vivir sin absoluto.

-Lo dice mientras en el mundo se habla del resquebrajamiento de las ideologías...
-Por eso es terrible lo que estamos viviendo. Una cosa es el quiebre de las ideologías y otra que se abandonen todos los ideales. Los ideales son absolutos; se necesitan para vivir. Si no, es la droga. Este del que hablo es un sentimiento universal, pero se da sobre todo en los países hiperdesarrollados, mucho más desacralizados que los nuestros. Acá todavía mantenemos cualidades humanas que ya se han perdido en los países ricos. Sin ir más lejos, Estados Unidos tiene doscientos cuarenta millones de habitantes frente a los seis mil millones totales. Y el ochenta por ciento de los drogados del mundo está ahí. ¿Ese es el paraíso que anhelamos? ¡Por favor!

-¿Cree que ser pobres es una ventaja?
-La ventaja es no haber tomado el tren del hiperdesarrollo. Toda la reserva humana va a quedar en nuestros países. Y si logramos evitar la bomba atómica, va a aparecer una nueva humanidad en armonía con el cosmos, la naturaleza y los otros hombres. El viejo ideal, en fin, de los filósofos anarquistas. El futuro de la humanidad, si existe, es ése. Si no, no hay futuro.

Sábato considera virtudes supremas la responsabilidad, el coraje ("no el de los grandes héroes, sino el de, por ejemplo, los bomberos voluntarios") y la generosidad ("porque hay gente a la que he ayudado entrañablemnte y se ha vuelto una gran resentida contra mí, pero también hay mucha otra que me ha acompañado la vida entera con su fidelidad").

A los 80, ser visto como un humanista no le resulta a Sábato ninguna presión. "Yo he hecho lo que tenía que hacer. Además no pretendo gustarle a todo el mundo. Al que no le guste que no me lea. No hago cuestión de amistad por eso".

 

 

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Ernesto Sábato: La pasión de los 80
Entrevista de Alejandra Daiha
Fuente: Revista CARAS
30 de septiembre de 1991.