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Carlos Wieder y Bruno Vidal: poetas chilenos malditos

Por Andrés Urzúa de la Sotta
aurzuadelasotta@gmail.com

 



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Este texto no es sobre Bolaño, sino sobre Carlos Wieder y Bruno Vidal. Al leer Estrella distante comencé a entender que Bruno Vidal es una especie de prolongación de Carlos Wieder, y viceversa. Bruno Vidal es un poeta chileno catalogado de “facho” y Carlos Wieder un personaje fascista de Bolaño. Pero Vidal es también un personaje, en este caso del escritor José Maximiliano Díaz. O más bien, en el sentido de Fernando Pessoa, Bruno Vidal es una suerte de heterónimo[1] de Díaz. Bolaño alude irónicamente al Zurita mesiánico que escribe poemas en el cielo de Nueva York a través de la figura de Carlos Wieder, pero su personaje se encarna, o siquiera alcanza una personalidad literaria a lo menos concordante, en la obra y en la figura de Bruno Vidal. Sin embargo, el personaje de Vidal es o puede ser más radical aún. Pepe Díaz, a diferencia de Bolaño, crea un autor y no un personaje. Los poemas y las acciones de arte de Carlos Wieder, esa nueva poesía chilena[2] a la que se refiere Bolaño en Estrella distante, los escribe y los describe el negro Vidal en sus dos libros[3].

ESCENAS DE BRUNO VIDAL  

Es difícil rastrear la personalidad literaria de Bruno Vidal antes de convertirse en Bruno Vidal[4]. La primera vez que vi a José Maximiliano Díaz, o más bien a Bruno Vidal, fue en 2004 o 2005, cuando Ricardo Lagos era presidente de Chile. Claramente ya no se hacía llamar Pepe Díaz. Lo vi, si mi memoria no me falla, en el programa televisivo de Cristián Warnken. Inmediatamente me sorprendió su fuerza y su radicalidad. Hablaba de la tradición poética chilena, de su identificación con Enrique Lihn y de los honores militares que le rindió en su velorio, y se desdoblaba constantemente entre el fascismo y el comunismo. Se exaltaba, se exasperaba, se calmaba. Parecía un bipolar innato. Leía sus poemas con una intensidad que yo no conocía. En un momento dijo que era bolchevique, pero no profundizó demasiado. También habló de sus visiones acerca de la poesía, de su cristianismo ortodoxo, del principio de contradicción abyecta que profesaba y del arsenal de metáforas que había encontrado en el lenguaje y en el mundo militar. Yo no sabía muy bien qué creer. No sabía si era verdad lo que decía o si estaba haciendo uso del recurso de la ironía. Sólo recuerdo que su entrevista me hipnotizó, y me llevó, como la figura de Carlos Wieder arrastró a Bibiano en Estrella distante, a investigar decididamente sobre el autor.

De ahí en más caí en un espacio de contradicciones probablemente abyectas. Empecé a investigar la escasa o escasísima recepción crítica que ha generado el autor, la mayor parte de ella rastreable en la página web www.letras.mysite.com. Pensé que, como suele pasar con los grandes escritores, todavía su obra era incomprendida, todavía faltaban y siguen faltando años y décadas para digerirla. Algunos, como Soledad Bianchi, destacaban el juego de máscaras del autor, señalando que en su primera obra, titulada Arte marcial (1991), “cada poema es más de lo que dice, donde las significaciones se van engarzando casi al infinito [...] hay máscara, ambigüedad, guiño, quizá burla, pues quien aparece como autor es Bruno Vidal, un seudónimo, un ser inexistente” (Bianchi 1). Otros, como Jazmín Lolas, advertían sin cavilaciones el carácter fascista del poeta: “Hombre de izquierda convertido abruptamente al pinochetismo a comienzos de los noventa, este abogado y escritor de 47 años provoca a los lectores con poemas donde los héroes son los agentes de la represión” (Lolas 1).

Más tarde recibí su segundo libro, denominado Libro de guardia (2004), en mi departamento. Logré contactarme por correo electrónico con Pepe Díaz, quien sin dudarlo me envió el libro por correspondencia a mi domicilio. A los dos días tenía la obra en mis manos, sin pagar un peso, y con una dedicatoria que decía: “Para Urzúa A. Con afecto revolucionario, Bruno Vidal”. Aquel gesto contribuyó aún más a mi desconcierto. Seguía sin entender la imagen que proyectaba el poeta. Dudaba si era un fascista empedernido, como decían algunos, o si, como señala Roberto Merino, todas sus manifestaciones eran parte de un plan, de “algo pensado, elaborado, por medio de cortinas de humo” (Merino 1).

Una vez que leí el libro, y sobre todo cuando lo conocí personalmente en 2010 en un encuentro literario[5], empecé a intuir que todo era parte de un gran juego de representaciones, de una performance delirante e inmensamente singular, la que consistía en la creación del poeta Bruno Vidal: un autor fascista, obsesionado con el imaginario de la ultraderecha chilena, con el mundo militar y con la liturgia del catolicismo ortodoxo.

De este modo, caí en la cuenta: José Maximiliano Díaz, o más bien Bruno Vidal, parece querer instalarse en el imaginario colectivo del país, y en especial en la tradición poética chilena, no sólo como un símbolo del fascismo chileno, sino como un ícono de la representación, valiéndose de los procedimientos del juego histriónico de la performance presentes en un sector de la poesía chilena. Quizás en consonancia con la representación de El Pingüino del Paseo Ahumada de Enrique Lihn, o con las máscaras de la antipoesía parriana y del Maquieira de La Tirana, Vidal parece querer apartarse de la facilidad de la clasificación mediante el uso de la ironía, oponiéndose de manera férrea a una parte de la poesía chilena acostumbrada a la victimización y al testimonio explícito:

“Vidal escoge escribir del lado contrario de Zurita. Elige el dolor antes que la sanación, la repetición del trauma antes que la catarsis. Pocos autores chilenos se internan como lo hace Vidal en el espacio de una ciudad descrita con la violencia que hay en Arte marcial. Porque Vidal no escribe sobre el golpe, escribe sobre la dictadura. […] Porque Vidal, entre las víctimas y los victimarios, escoge a estos últimos; su poesía se empeña en habitar las cámaras de tortura, el lenguaje de los agentes de seguridad, la lógica y la trivia de los miembros de la DINA o la CNI” (Bisama, Cien libros chilenos 82). 

Este punto, el del lugar de la voz del poeta, parece crucial para Vidal. Él, como dice Bisama, no escoge el papel de las víctimas, como gran parte de la poesía chilena testimonial de los ochenta[6], sino el de los victimarios. Su voz parece salida de un campo de concentración, donde el poeta tiene generalmente dos opciones: ser la voz hablada del torturador (y del asesino) o narrar con una crueldad sangrienta, e incluso con entusiasmo, la violencia militar:

Al jefe seccional de la comuna de Independencia /Lo detuvimos en plena vía pública/ Cerca de la J.J. Aguirre /No opuso resistencia /Recuerdo claramente el momento de la detención /Se puso pálido /Lo conducimos al Nido 21 /Apenas llegamos /Le aplicamos la corriente en los testículos /Al recobrar el conocimiento /Le dije: //Te estamos torturando //Por feo /Por rasca /Por idiota /Por infeliz /Por penca /Por mísero /Por peliento //Por no tener idea del forro en que te estabas /metiendo (Vidal, Libro de guardia 33).

Todas las galerías proletarias: ensangrentadas
            Se siente un ruido ensordecedor en el silbato siniestro
            Antes de despertar violentamente escucho el tableteo maravilloso
                 de esas ametralladoras que fueron emplazadas
                        en la víspera por mi Sargento Sotomayor
            Yo a toda prisa me voy a la Avenida Maratón
            Todo el vecindario de Villa Olímpica duerme profundamente
            (Vidal, Libro de guardia 13)

La mayoría de los que han abordado la obra y la figura de Vidal insisten en la presencia del mundo dictatorial, y de la violencia militar, en la obra del poeta. Roberto Merino habla de la presencia del slang de la CNI en Arte marcial; Roberto Careaga, en El Mostrador, se refiere a la ética del torturador en Libro de guardia; Jazmín Lolas titula su entrevista a Vidal en el periódico Las Últimas Noticias como “El poeta que le prende velas a los torturadores; Álvaro Bisama, como se ha visto, se refiere en 100 libros chilenos al lenguaje de los agentes de seguridad y a la trivia de los miembros de la DINA. 

Sin embargo, pocos parecen dimensionar, o siquiera avizorar, el radical ejercicio de representación y el trabajo con el significante presentes en la obra del poeta. Sólo Roberto Merino parece advertir, con algún grado de lucidez, el juego irónico y enmascarado del autor:

Cuando en 1990 Vidal publicó su primer libro, Arte marcial, el reducido gremio de los lectores de poesía pudo asombrarse con la ferocidad mimética de esos textos: mímesis no tanto en el sentido de representación sino como facultad de hacer con las palabras un trabajo camaleónico: de sugerir un mundo ominoso por medio de la imitación de las hablas en curso durante el último período crítico de nuestra historia (Merino 1).

Pero la proyección de la figura de Bruno Vidal no se quedará empantanada en sus dos libros de poesía. Su ejercicio de representación performática y su trabajo con los significantes del pequeño mundo chileno -en especial de la esfera militar, del discurso católico conservador, del chovinismo, del fascismo y de la ultraderecha- se prolongarán en un nuevo experimento: la adopción de una personalidad que rebasará los límites de la creación poética, proyectándose de modo definitivo en las columnas que escribirá para el periódico The Clinic[7] y en sus diversas entrevistas publicadas:

¿Quién mejor que Bruno Vidal -militante de RN, autodeclarado “poeta facho” y columnista de The Clinic- para pasar revista al nuevo escenario político en que la derecha tendrá el poder. Aquí habla de cómo ve el futuro el país, critica a la cultura concertacionista por arranada y se candidatea para ministro de Cultura. […] P: ¿Cuál es tu sensación tras el triunfo de la derecha en la presidencial? R: -Diría que hemos ganado todos los chilenos. No hay nadie acá que pueda sentirse derrotado, eso es lo crucial de esta elección. […] P: Tú dices que aquí ganó la Democracia Cristiana. R: -Pero no lo digo en el sentido literal de un partido específico que se denomina DC. Lo que yo digo es que ganó, primero que nada, la democracia, y en segundo lugar, que ganó la cristiandad chilena. […] P: ¿Qué lema le harías al gobierno de Piñera? R: -El lema de los gobiernos de la derecha siempre va a ser el mismo: “CHILE ES Y SERÁ UN PAÍS DE LIBERTAD”. Todos los chilenos debiéramos suscribirlo sin mayor recriminación ni resentimiento (Fernández 1).

En este sentido, Bruno Vidal, mediante la radicalización del ejercicio de la representación, empezará a encarnar de manera sistemática y sostenida el discurso de la ultraderecha chilena, llevándolo no sólo al campo de la literatura, sino a todo su accionar mediático: sus columnas, sus entrevistas, sus presentaciones en lugares públicos e incluso sus comentarios en Facebook[8].

ESCENAS DE CARLOS WIEDER

La primera vez que leí la novela Estrella distante, o más bien que conocí al personaje Carlos Wieder, fue en 2013, cuando Sebastián Piñera era, y sigue siendo, el presidente de Chile. Fue en el curso de literatura chilena dictado por el profesor Alexis Candia en la Universidad Andrés Bello de Viña del Mar. Inmediatamente me sorprendió la radicalidad del discurso de Bolaño, sobre todo por la relación que establecía entre la poesía, o la producción artística en general, y la maldad propia del fascismo chileno. Hasta ese momento, con la sabida excepción de Bruno Vidal, no conocía a muchos autores que ahondaran en esas mareas. Mucho menos había leído obras que sugirieran, siquiera de modo oblicuo, la complicidad del ambiente artístico en el proceso de la violencia dictatorial. Por lo general estaba acostumbrado, y hasta ahora lo sigo estando, a una literatura que se victimizaba y que oscilaba entre el testimonio alegórico del drama nacional -como el Zurita de Purgatorio, la Elvira Hernández de La bandera de Chile, la Diamela Eltit de Lumpérica y el Gonzalo Millán de La ciudad- y la descripción explícita, directamente victimizada y testimonial, de la barbarie dictatorial [9].

De este modo, comencé a caer en la cuenta: la escritura de Bolaño no pasaba por ahí, y esa es justamente una de sus particularidades. Carlos Wieder no se dedica a cantar la violencia desde el púlpito del discurso poético, sino a ejecutarla. La nueva poesía chilena a la que se refiere Bolaño en el texto no es un fenómeno literario ni lingüístico, sino un acto de exterminio, propio de un oficial de la Fuerza Aérea de Chile y de un contexto histórico y sociopolítico que ha legitimado la violencia:

En su defensa salen únicamente tres antiguos compañeros de armas […] El primero, un mayor de ejército, dice que Wieder era un hombre sensible y culto, una víctima más, a su manera, claro, de unos años de fierro en donde se jugó el destino de la República. […] El tercero, un oficial que los acompañó en algunas misiones  en Santiago […] afirma que el teniente de la Fuerza Aérea sólo hizo lo que todos los chilenos tenían que hacer, debieron hacer o quisieron y no pudieron hacer. (Bolaño, Estrella distante 55-56).

Es necesario consignar, para la claridad del potencial lector, que Carlos Wieder es poeta y represor a la vez. En el universo ficcional de Estrella distante, el personaje aparece, en el comienzo, bajo el nombre de Alberto Ruiz-Tagle: un poeta que, en palabras de la Gorda Posadas [10], “va a revolucionar la poesía chilena” (Bolaño, Estrella distante 11). Más temprano que tarde, de modo rápido y abrupto, se materializa su transformación en Carlos Wieder (el poeta vanguardista y el asesino dictatorial):

Unas horas después Alberto Ruiz-Tagle, aunque ya debería llamarlo Carlos Wieder, se levanta. […] De un salto se pone junto a la cabecera. En su mano derecha sostiene un corvo. Ema Oyarzún duerme plácidamente. Wieder le quita la almohada y le tapa la cara. Acto seguido, de un sólo tajo, le abre el cuello. (Bolaño, Estrella distante 14).

Carlos Wieder es un poeta que pasa de la escritura a la acción represiva y a la violencia dictatorial. Su revolución en el mundo poético chileno es justamente la transformación de Ruiz-Tagle en Wieder: el paso de la escritura poética a la vanguardia de la acción represiva y del exterminio. Quizás parodiando el arte experimental o las acciones de arte de la denominada escena de avanzada del ambiente literario chileno de los ´80[11], Bolaño apunta al Zurita que escribe poemas en el cielo de Nueva York y da cuenta, por medio de la ironía, de cómo este poeta ha pasado a ser -pese a las diferencias ideológicas del autor de Purgatorio con la dictadura militar (las cuales Bolaño no explicita en la novela)- una especie de adalid de una parte de la crítica literaria chilena directa o indirectamente relacionada con los mecanismos de la ultraderecha y del fascismo:

Aquella su primera acción poética sobre el cielo de Concepción le granjeó a Carlos Wieder la admiración instantánea de algunos espíritus inquietos de Chile […] Una carrera que por aquellos días, los días de las exhibiciones aéreas, recibió el espaldarazo de uno de los más influyentes críticos literarios de Chile […] En su columna semanal de El Mercurio Ibacache escribió una glosa sobre la peculiar poesía de Wieder. El texto en cuestión decía que nos encontrábamos (los lectores de Chile) ante el gran poeta de los nuevos tiempos (Bolaño, Estrella distante 20-22)

Sin embargo la alusión a Zurita no pasa de ser una parodia. Lo que encarna Wieder, más allá de la referencia al neovanguardismo, es justamente la relación de la poesía, del arte chileno, con la dictadura. Bolaño parece interesado en develar esa suerte de complicidad o de complacencia del medio literario nacional con el proceso dictatorial, o siquiera la falta de una declarada y contundente demarcación, y escisión, entre la poesía y el espectro del poder (en este caso dictatorial): “Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos” (Braithwaite 64).

         
LA NUEVA POESÍA CHILENA

Según Patricia Poblete, “la perspectiva que Bolaño reconstruye en sus narradores, y que con el tiempo también será la de su lector ideal, es la de Graham Greenwood, un personaje mínimo de Estrella distante, quien” (Poblete 2-3):

[…] creía, a la manera norteamericana, decidida y militante, en la existencia del mal, el mal absoluto. En su particular teología el infierno era un entramado o una cadena de casualidades. Explicaba los asesinatos en serie como una ‘explosión del azar’. Explicaba las muertes de los inocentes (todo aquello que nuestra mente se negaba a aceptar) como el lenguaje de ese azar liberado. (Bolaño, Estrella distante 52)  

Parafraseando a Alexis Candia, quien advierte que el mal es una máxima constante en la narrativa de Bolaño, es posible introducirse en la escritura del narrador chileno, y específicamente en la novela Estrella distante, desde la perspectiva del mal. Al igual que la citada Patricia Poblete, y que los teóricos Ignacio López-Vicuña y Silvia Casini, entre otros, en la crítica literaria parece predominar la constatación de la presencia del mal absoluto en la escritura de Bolaño.

Ahora bien, como se ha visto anteriormente, es necesario delimitar el campo de acción de la inquinidad en la novela, recluyéndola específicamente a la esfera del fascismo chileno, pero no sólo a la violencia del cuerpo militar o del mundo directamente dictatorial, sino también, como se ha insistido a lo largo del trabajo, a la complicidad de la literatura en ese proceso.

Tal como advierte Alexis Candia respecto a la visión de la crítica literaria Patricia Espinoza, esta última percibe en Estrella distante, y también en La literatura nazi en América, el “entrecruce del proyecto artístico con lo perverso” (Candia 44). Y es precisamente en este punto donde Bolaño, o más bien Carlos Wieder, comienza a vincularse con Bruno Vidal.

La nueva poesía chilena a la que se refiere Bolaño en la novela posee algunos rasgos que se manifiestan, de modo alucinantemente semejante, en las propuestas de Bruno Vidal y Carlos Wieder. Ambos son poetas que encarnan, por medio de la ficción, el discurso del fascismo chileno. Los dos comparten una fascinación por la perversidad. Mientras Bruno Vidal, como se ha dicho, canta desde la voz del torturador o describe la tortura y la violencia de la dictadura chilena, Wieder, además de escribir poesía y de hacer acciones de arte, ejecuta la tortura y el homicidio de izquierdistas chilenos.

Podría decirse, sin temor a aventurarse demasiado, que el negro Vidal escribe los poemas que Carlos Wieder ejecuta, o que Wieder ejecuta los poemas que Vidal escribe. De una u otra manera, la vinculación entre ambos, sin ser en ningún caso intertextual, existe. Bruno Vidal es a José Maximiliano Díaz, lo que Carlos Wieder es a Roberto Bolaño: la invención del arquetipo del mal y la personificación de la figura del poeta maldito, pero de ese poeta maldito que, como señala Vidal, no se corta las venas, sino que se baña con la sangre de los caídos:

Allí, sentado sobre la cama, encontraron al capitán […] Los reporteros surrealistas hacían gestos de desagrado pero mantuvieron el tipo. Según Muñoz Cano, en algunas de las fotos reconoció a las hermanas Garmendia y a otros desaparecidos. La mayoría eran mujeres […] Las mujeres parecen maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados, aunque Muñoz Cano no descarta que en un treinta por ciento de los casos estuvieran vivas en el momento de hacerles la instantánea”. […] Tras el estruendo inicial todos se callaron. Parecía como si una corriente de alto voltaje hubiera atravesado la casa dejándonos demudados […] Nos mirábamos y nos reconocíamos, pero en realidad era como si no nos reconociéramos, parecíamos diferentes, parecíamos iguales, odiábamos nuestros rostros, nuestros gestos eran los propios de los sonámbulos o de los idiotas. Mientras algunos se iban sin despedirse una extraña sensación de fraternidad quedó flotando en el piso entre los que optaron por quedarse. […] Bueno, señores, lo mejor es que duerman un poco y olviden todo lo de esta noche (Bolaño, Estrella distante 46-47).

Estas osamentas por alguna razón valedera /no las incorporaron a la contabilidad general /del cementerio católico /Me las consiguió un sepulturero /a cambio de unas monedas corrientes /Las tengo en el living room de mi penthouse /Estas visitan se escandalizan /De un momento a otro se irán indignadas /¿Cómo has podido darnos este disgusto? /Respondo /¿Cuál es el problema? ¿No entienden este /alhajamiento? /Todos mis invitados se retiran en masa /Me pongo triste melancólico y un poco rabioso /por la mala lectura de la obra /Me preocupo /¿Tendré que botar a la basura /todos esos ricos canapés que me preparó /la intendenta? /Se me ocurre algo genial /Llamo al Hogar de Cristo /Atienden mi llamada Están de acuerdo /Vendrán a buscar toda esta comida deliciosa /Se la llevan Quedo pensativo /llego a la conclusión inevitable /Los mendigos del Gran Santiago se deben estar dando /Un banquete de excelencia culinaria /Esto me pone contentísimo /Valía la pena indisponer /a todos estos pequeño-burgueses /Con cero sensibilidad social /A todo esto no he dicho el número de cráneos exhibidos /en las repisas. Doce con svástica incluida en el hueso frontal (Vidal, Libro de guardia 9).

Como es posible constatar, en ambos textos se pretende escenificar, para un público elitista y de ultraderecha, la materialización de la violencia descarnada del fascismo. Ambos personajes, el creado por Díaz y el de Bolaño, buscan poner en escena sus más preciados y perversos trofeos dictatoriales. Vidal exhibe, en su penthouse, doce cráneos de víctimas de la violencia nazi. Wieder, a su vez, expone en una sala las fotografías de diversas mujeres desmembradas por él durante la dictadura militar chilena. Ambos exponen sus más contundentes obras o acciones poéticas, las que, pese a la proximidad ideológica de sus destinatarios, no son comprendidas o siquiera aceptadas. El público, en ambos casos, aunque con mayor énfasis en la intervención de Vidal, termina saliendo asqueado de las respectivas “exposiciones”, quizás espejeando la incapacidad del hombre para tolerar, pese a su inclinación a la violencia, la evidencia concreta de la masacre y la manifestación de su directa o indirecta responsabilidad en el proceso del exterminio. 

En este sentido, sólo Wieder y Vidal parecen ser capaces de tolerar esta escenificación y la responsabilidad de ser deliberadamente malditos. Sólo ellos, en su fascinación por el mal, pueden crear, recrear e incluso regocijarse con estos espejos de la barbarie. O más bien, sólo ellos, en su total depravación, son capaces de bancarse estas escenas y de encarnar, en sus textos y actos poéticos, el discurso y/o la concreción del mal radical.

 

 

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BIBLIOGRAFÍA

Bianchi, Soledad. “Arte marcial”. http://www.letras.mysite.com/vidal1.htm
Bisama, Álvaro. Cien libros chilenos. Santiago: Ediciones B, 2008.
Bolaño, Roberto. Estrella distante. Barcelona: Anagrama, 1999.
Braithwaite, Andrés ed. Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.
Candia, Alexis: “Todos los males el mal. La estética de la aniquilación en la narrativa de Roberto Bolaño”. Revista Chilena de Literatura 76 (2010): 43-70.  
Careaga, Roberto. “Bruno Vidal retorno a la poesía asumiendo la ética del torturador”. 
http://www.letras.mysite.com/bv021004.htm
Díaz, Erwin. 16 poetas chilenos. Santiago: Tall. Graf. Graficom, 1987.
Fernández, Patricio. “Con Piñera los artistas van a tener que empezar a trabajar”.
http://www.theclinic.cl/2010/02/24/bruno-vidal-poeta-y-militante-rn-con-pinera-los-artistas-van-a-tener-que-empezar-a-trabajar/
Lolas, Jazmín: “El poeta que le prende velas a los torturadores”.
http://www.letras.mysite.com/bv010804.htm
Merino, Roberto. “Los arrestos desesperados de Bruno Vidal”.
http://letras.mysite.com/bv290908.html
Poblete, Patricia. “Demiurgos del mal, en technicolor”.
http://academia.edu/596957/Demiurgos_del_mal_en_technicolor
Vidal, Bruno. Libro de guardia. Santiago: Ediciones Alone, 2004.      

 

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NOTAS

[1] Por heterónimo se entiende el autor ficticio o pseudoautor que es también personaje, y del que se valen ciertos autores reales para crear una obra literaria paralela o distinta a la suya. En el caso de José Maximiliano Díaz esta definición debe ser complementada, ya que, a diferencia de Fernando Pessoa, quien pese a crear diversas personalidades literarias mantuvo la suya con nombre y firma reales, Díaz prácticamente no registra un trabajo literario bajo su autoría. De este modo, Bruno Vidal aparece como su única personalidad literaria, la que, no obstante, posee una personalidad paralela, e incluso opuesta en términos ideológicos, a la de José Maximiliano Díaz. En otras palabras, Pepe Díaz crea, más allá de su propia ideología, a Bruno Vidal: un poeta abiertamente fascista, quizás como símbolo o efigie del fascismo chileno.

[2] La nueva poesía chilena a la que se refiere Bolaño en Estrella distante, se encarna en las acciones de arte del poeta Carlos Wieder, quien no sólo escribe poemas en el cielo de Chile desde un avión y exhibe una muestra fotográfica de mujeres violentadas, asesinadas y desaparecidas, sino que se dedica a torturar y a asesinar a personas, en especial a poetas y a mujeres de izquierda, a lo largo de la novela. En este sentido, la antigua poesía chilena, antes idealista e ideológicamente comprometida con la izquierda, deviene en fascismo, en desaparición y en aniquilación. 

[3] Los libros Arte marcial (1991)y Libro de guardia (2004), del poeta chileno Bruno Vidal (heterónimo de José Maximiliano Díaz), narran la tortura y la violencia propias de la dictadura chilena de Augusto Pinochet, a través de un narrador o un hablante lírico fascista, militarizado y obsesionado con el mal. 

[4] El único testimonio de la poesía de José Maximiliano Díaz, antes de crear a Bruno Vidal, data de 1987, cuando aparecen sus primeros poemas en el libro 16 poetas chilenos, antología elaborada por Erwin Díaz. En el pre-prólogo del libro, Enrique Lihn menciona a Vidal como el desconocido ganador del concurso de poesía de la Editorial Sin Fronteras. Y anota respecto a sus poemas: "Su trabajo volado y riguroso se sienta en el piano de las palabras haciéndolo sonar en el buen sentido de la expresión, lo que llama la atención". 

[5] Bruno Vidal asistió al Festival Poesía a Cielo Abierto de Valparaíso a fines de 2010. Allí realizó dos presentaciones: una lectura en el Palacio de Tribunales de Valparaíso, donde increpó directamente a la estatua de Temis, la diosa de la justicia, y otra presentación en la terraza de La Sebastiana, donde le dio la espalda al público para declamarle o dedicarle sus versos al puerto de Valparaíso. 

[6] Habría que considerar diversos autores que en la tradición poética chilena dieron cuenta, a través de sus textos testimoniales, su papel de víctimas de la dictadura militar chilena. Entre ellos, Floridor Pérez, Eduardo Llanos, Teresa Calderón, Magdalena Fuentes, Omar Lara, Aristóteles España, entre otros. Para tener una visión panorámica, véase la antología Los poetas y el General (LOM Ediciones, diciembre de 2002).   

[7] Hacia la primera década del siglo XXI, José Maximiliano Díaz pondrá en acción una serie de columnas bajo el seudónimo de Bruno Vidal en el periódico The Clinic. En ellas el autor asumirá constantemente, no sin ironía e incluso con rasgos de parodia, la voz del fascismo chileno.  

[8] Hacia 2010, Bruno Vidal comenzará a echar a andar una serie de opiniones en Facebook bajo el título de Colectivo de la patria. En ellas, una vez más, encarnará el discurso de la ultraderecha chilena, articulando la figura de un poeta comprometido con esa clase política y con el imaginario que la circunda.      

[9] Tal como se señaló anteriormente, habría que considerar diversos autores de la tradición literaria chilena de los ´80, y sobre todo del mundo poético, que dieron cuenta del discurso testimonial a través de la voz de las víctimas, entre los que destacan Floridor Pérez, Eduardo Llanos, Teresa Calderón, Magdalena Fuentes, Omar Lara, Aristóteles España, etc.

[10] La Gorda Posadas es el personaje clave de Estrella distante para dar cuenta de la dualidad del protagonista de la novela: el poeta y represor Alberto Ruiz-Tagle o Carlos Wieder, que son la misma persona. Ella es la que descubre la duplicidad del personaje.     

[11] La escena de avanzada de la literatura chilena está vinculada especialmente al Colectivo Acciones de Arte (CADA), el cual se dedicó, valga la redundancia, al desarrollo de acciones de arte e intervenciones experimentales, con un claro discurso disruptivo, durante la década de los ´80 en el Chile dictatorial. Sus figuras centrales son el poeta Raúl Zurita y la narradora Diamela Eltit.



 


 

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