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BLANCA VARELA EN EL RÍO DE LA VIDA Y LA POESÍA

Por César Ángeles Loayza

schadelblake@yahoo.es



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Para Susana Reisz, maestra y amiga en los caminos de la vida y la poesía


La siguiente entrevista es una versión notoriamente ampliada, y en consecuencia nueva, de la que realicé a la recordada poeta Blanca Varela (Lima 1926-2009) en su oficina como directora del Fondo de Cultura Económica en la calle Berlín (Miraflores-Lima). Esta fue publicada en el diario La República (30 de abril 1989), y la reedité en mi libro recopilatorio Cortes intensivos. Entrevistas y crónicas (1986-2014). Como he testimoniado, ese diálogo se realizó en tres tardes y le guardo especial aprecio porque, aunque era yo un joven y poco experimentado escritor, Blanca Varela fue bastante empática, y soltó el alma y su palabra en nuestro encuentro. Lo cual fue recibido con alegría en el suplemento cultural donde colaboraba, y además permitió consolidar mi presencia en el periodismo del país de aquel entonces: convulsionado por un proceso de guerra interna que ponía todo en modo más intenso y dramático, con carácter de urgencia. Es, por ello, una suerte de epicentro en mi citado libro de periodismo cultural.

La presente versión fue editada por Jorge Valverde para su reciente libro Entrevistas a Blanca Varela (Lima 2020: editorial Isegoria) y, como explica en la respectiva nota al pie de página, a mi referida versión impresa integró otros pasajes del audio completo de la entrevista con la autora de Canto Villano. Algo que agradezco por el acucioso trabajo editorial, puesto también en práctica en sus 360 páginas.

El libro de Valverde reúne 43 entrevistas y amplia documentación gráfica (con 151 útiles notas bibliográficas a pie de página), además de un afectuoso y meditado prólogo donde se sintetiza, no solo la poética y el pensamiento de Blanca Varela, sino la reconstrucción básica de su campo cultural-literario, una reflexión crítica sobre el oficio de hacer entrevistas así como del material reunido en este extenso volumen. Se trata de una compilación que, con sus matices y heterogeneidad (entre tantos testimonios y diálogos, algunos resaltan más que otros: algo comprensible e inevitable por el vasto tiempo y variedad de entrevistas abarcados, y que cubren hasta el tramo final de su vida cuando la salud de Varela se vio seriamente mermada), como bien destaca su editor se constituye en un innegable aporte para aproximarse al pensamiento de una autora representativa de la influyente generación del 50, en el Perú y Latinoamérica. Al mismo tiempo que motiva a leer su obra literaria con mayor marco de ideas y experiencias vitales.

En esta época de crisis global en el planeta (con sombría coyuntura política peruana incluida), antipoética en tantos niveles, lo anterior no es poco mérito. En tal sentido, y de la misma manera que se ha procedido con otros autores significativos, toda obra que reúna información y ofrezca nuevas noticias amerita ser recibida con atención. Ya luego caben los pertinentes comentarios, debates y aproximaciones críticas.

Como reconocimiento a todo lo anterior, y por la grata memoria de mi encuentro ochentero con Blanca Varela más allá de discrepancias y diferentes tomas de posición, comparto de manera virtual la versión completa que ha sido publicada en el aludido libro de entrevistas a una poeta que amó este país, los viajes, la maternidad, la vida en todas sus formas, y que alguna vez (busquen esta página) respondió lo siguiente a otro poeta e investigador: “Yo creo que la gran satisfacción que me produce mi poesía es el sufrimiento terrible que tengo cuando la estoy haciendo; es decir, la plenitud que tengo, son momentos en que vivo más. Todo lo demás es rutina, todo lo demás es mucho ruido, mucho desorden. Fuera de la poesía todo es caos. La única vez que encuentro un orden es cuando escribo poesía, esa cosa un poco insensata”.

 

#AbrilMesdelasLetras #PerúPaísdelMañaNa #salvoelOcéanoTodoEsIlusión

 

 

 

“No puedo ser sin el Perú”
Las confesiones de Blanca Varela (1989, Lima)*

 

Sobran los dedos de una mano para dar cuenta de las entrevistas concedidas por Blanca Varela en los últimos años. “Desconfío de las palabras”, afirma un poco más lejos. Y ya Octavio Paz, con su habitual perspicacia, notaba hace treinta años que ella, “con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo”. Se comprenderá entonces el inmenso placer con que acogemos esta excepcionalmente amplia entrevista con quien es —la publicación de su poesía reunida en hermosa edición del Fondo de Cultura Económica de México lo reitera y confirma— una de las voces más elevadas y personales de la poesía peruana. Ese puerto existe, Luz de día, Valses y otras falsas confesiones y Canto villano, sus cuatro libros, brillan con luz propia en su obra, breve e intensa. (N. del E.)


¿Qué relación encuentras entre la poesía y el discurso filosófico o la meditación?
—Sobre eso hay mucho escrito. Heidegger, por ejemplo —lo acabo de leer—, trata del habla pura, de una primera forma de expresión que sería la poesía. Pienso que el ser humano tiene, en un primer término, sentimientos y quiere expresarlos de alguna manera. De esa enunciación de las cosas viene el encantamiento por la palabra y la repetición, y el sentido viene a posteriori tal vez. Pero en esencia, es el verbo, es el ser de alguna manera la poesía y la filosofía.

Que hay que recordarlo, porque ese ser se pierde con la vida cotidiana.
—Claro, porque el uso cotidiano de la palabra oculta ciertas cosas o no las expresa en forma tan inmediata como en la poesía. Me parece.

Tú decías que de niña te preguntabas y te respondías. ¿Eso es una actividad casi filosófica?
—Pero creo que todos los seres que se detienen a pensar, que se hacen preguntas sobre la existencia, sobre el significado de las cosas, están haciendo la filosofía.

Dices que la poesía a veces sale ganando con relación a la filosofía.
—No. Estaba recordando un libro de María Zambrano. Lecturas que hago de manera bastante informal, porque no tengo una formación filosófica. Pero sí soy una lectora apasionada de esas cosas. Tengo lecturas, por ejemplo, muy lentas y muy tímidas de Heidegger sobre poesía, sobre lo qué es el habla. He pensado que la filosofía empieza con la poesía, que el balbuceo poético es a lo mejor la primera forma de filosofar. ¿Porque Heráclito qué cosa es? Eso es poesía de alguna manera. No sé cómo decírtelo. Mirar el mundo no con esa cosa utilitaria, mediata, de la cosa material…

Tú dices que, de niña, al buscar las respuestas que no encontrabas en los mayores, volvías con cosas misteriosas, irreconocibles. ¿Volvías con poemas? Y desde niña.
—Desde muy niña, pero, además, ¿tú te has fijado que los niños siempre dicen cosas extraordinarias? Están mucho más cerca de la poesía que el discurso maduro. Te hacen preguntas completamente mágicas, misteriosas, están mucho más cerca del ser, de la verdad, por decirlo de alguna manera; después el mundo ya se encarga de ensuciarnos un poco a todos, o de desviarnos de nuestro asombro. Yo creo que la vida lo primero que te causa es asombro.

Desde el parto.
—Sí, claro, desde el parto. Es una inmensa exclamación, el parto. No sé. La vida, la muerte, son actos poéticos. La capacidad de regeneración del cuerpo y del espíritu, fantástico. A propósito, ahora, como todos los peruanos, estoy muy preocupada por el estado de la sociedad nuestra, por la violencia, por la muerte, por la descomposición, porque creo que toda esta especie de explosión en la cual está asomando las características más feas del ser humano es un cambio de piel, a lo mejor.

Una realidad expresionista.
—Absolutamente. La realidad es expresionista e impresionista también, si nos ponemos con ese juego de la mirada. Para los miopes como yo es absolutamente impresionista. Los colores… uso anteojos para ver de cerca, cuando quiero ver. Para leer no necesito, felizmente. O sea que es fantástico.

Alguna vez te confesaste “tímida, antipática y miope”
—Sí, tímida quizá porque tengo poca seguridad en mi visión y, en consecuencia, no me atrevo a salir tanto al mundo. Ahora, la antipatía es quizá un disfraz.

¿Sientes que eres antipática para algunas personas?
—Creo que a la distancia. Es que no me es fácil entregar mis cosas: entregarme. Es curioso.

¿Y ser miope da poca seguridad?
—Poca seguridad hacia afuera, pero mucha seguridad hacia adentro. Para pensar es muy cómodo ser miope, ¿sabes?: te aíslas muy fácilmente.

Estamos en un diálogo sobre cuestiones fisiológicas.
—Bueno, ahora me interesa mucho la sociobiología; es decir, cómo la cultura puede cambiar genéticamente a los individuos. Hay teorías sobre eso. Ciertas costumbres pueden ir introduciendo una mutación en los genes. ¿No es formidable?

No conozco nada de eso.
Es interesante. En general, yo tengo una pasión: el pensamiento. La poesía es a posteriori. Es el rebose de una actividad que sale como puede. A mí lo que me gusta es pensar. Eso sí me gusta.

¿Y la poesía es una actividad intelectual?
—Sí.

“Intelectual” es un término a veces peyorativo.
—No así, sino en el sentido de que es un trabajo de la mente. No en el sentido de quien cultiva el intelecto hacia afuera, académicamente.

¿Crees aún en la inspiración?
—Creo en todo. Puedo creer en todo sentido que no creo en nada. Estoy muy dispuesta para el milagro, para todo lo que suceda.

Alguna vez dijiste estar afectivamente próxima a los niños, a los jóvenes y más bien no simpatizar con los viejos. ¿Sostienes eso de “los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”, como enunció Manuel González  Prada?
—No, fui injusta. Es que también hay viejos mentales y no físicos: eso abunda en el mundo.

Viejos de quince años.
—He querido decir que la inocencia es maravillosa. No la tontería, porque hay quienes identifican la inocencia con la tontería, con los bobos. Yo me refiero a la inocencia llena de suspicacia e ironía que tienen los niños. Hay un momento en que se pone en suspenso la cosa moral. Para el niño no hay moral.

No hay conciencia, dirás.
—Conciencia es otra cosa Hay la conciencia pura y la conciencia impuesta. Que te obligan a que sea tu conciencia o a creer que es tu conciencia. La conciencia moral, me refiero. Y la otra que podría ser pura, la del niño, la que podríamos llamar… ¿animal? Hay una conciencia animal. Yo creo que mi perro tiene conciencia, absolutamente.

¿Cómo es eso?
—Sí, por las reacciones. Porque si observas un poco a un animal, si vives con un animal… Yo no soy mucho de que juegue conmigo, pero siempre ha habido un perro en mi casa, porque tengo hijos, tengo nietos. Con el perro puedo tener una relación como con un ser humano. Hay ciertas cosas para las cuales no quiero tenerlo cerca, pero para otras sí, y entonces puedo conversar con un perro.

¿No es una actitud algo mística?
—No, yo creo que son formas de inteligencia. Hay muchas inteligencias. Hay una inteligencia de las plantas, por ejemplo. Porque no crecen en ciertos lugares, porque hay la atracción hacia el sol, porque deciden treparse a otro árbol. ¿Me comprendes?

Plantas arribistas.
—Mira, si tú ves la naturaleza, se repite lo que pasa con el ser humano. Existen los parásitos, los insectos, los que le chupan la sangre al otro… y existen unos seres maravillosos que dan flores para un solo día. O hay sociedades animales que son tan inteligentes. Ojalá fuéramos como hormigas aquí en el Perú, trabajáramos todos.

¿Te gustan las hormigas?
—No me son antipáticas. Me impactan mucho más que las mariposas. Estas sí me parecen obvias. Que revoloteen, vanas, frívolas.

¿Te identificas con posiciones místicas?
—No exactamente. Yo soy muy incrédula. Yo creo que se puede tener todas las experiencias aun sin moverte de tu casa, a través del pensamiento, a través de la meditación —sí, de la meditación—, pero no con fines místicos.

¿Qué es la meditación para ti?
—Yo no sé. Escucho que hay escuelas de meditación. Yo me imagino que es pensar de una manera muy honda. Detenerte mucho en una o varias ideas. O dejar volar tu mente sobre ciertas cosas. Pero lo que sí es verdad es que yo siempre necesito de alguna manera a los demás. Yo puedo meditar mucho una cosa, tener una preocupación de tipo filosófico para ponerle una etiqueta, pero para escribir necesito un detonador de la realidad.

¿Sensorial?
—Casi. Pero no, puede ser una especie de hallazgo relacionado con datos absolutamente reales, de la vida, de cosas diarias. De la experiencia del dolor, placer, hambre, frío, soledad, seres humanos y perros. Así… Yo no creo en esa inteligencia que se eleva y que busca a Dios fuera de los hombres.

¿No eres religiosa?
—No, en absoluto. Aunque hay cierto tipo de santidad que puede sonar a locura o broma, pero no, hablo de que un ser humano puede ser mejor, y puede ser mucho menos ansioso, ambicioso, tragón. Como eso que vemos todos los días en la política. A esa gente que hace política en este país, ¿a quién le importa realmente el ser humano? Les importan sus conceptos, sus intereses. ¿Les importa el ser humano, las posibilidades que tendría de vivir con cierta plenitud? Lo dudo.

¿Desprecias a los políticos?
—No los desprecio, en absoluto. Creo que hay gente muy honesta, muy valiente, muy llena de buenas intenciones, pero lo que creo es que es difícil hacer política, es difícil.

¿Hay quien lo haya hecho bien, acertadamente?
—No tengo ejemplos cercanos. No sé. Siempre aflora esa cosa tan egoísta, el egoísmo humano, ese juego. Por ejemplo, tú ves a esos seres que han alcanzado lo máximo dentro del poder, de la cosa material, del dinero. Trasladan eso a un juego absolutamente abstracto, casi completamente desinteresado de lo que ese dinero, de lo que ese esfuerzo, puede significar para seres semejantes a ellos. No se dan cuenta de que el azar los ha colocado en una situación privilegiada. ¿Acaso nosotros, que podemos estar aquí conversando no podríamos ser las personas que están ahora en Ayacucho? Esa falta de solidaridad, por ejemplo, que tiene el ser humano en general en el mundo, creo, se refleja muy bien en esta política pequeña de un país difícil como el nuestro. ¿No crees tú?

Yo creo que sí. Y siento que incluso eso cabe para la poesía y la literatura. ¿Tú sientes, por ejemplo, que en la poesía hay cierto individualismo fomentado a veces también por cierta crítica?
—No. Yo creo, por ejemplo, que el poeta no tiene por qué envanecerse de ser poeta, ni sentirse un ser privilegiado, sino un ser con mucha suerte.



POESÍA Y SOCIEDAD

¿Tú te sientes una poeta consagrada?
—Ni tonta.

¿Qué es para ti la consagración?
—No, yo no creo en la consagración. Yo creo en los buenos, los grandes, poetas que podemos leer siempre y nos dicen cosas importantes. O que cambian nuestra vida. Nos revelan cierto tipo de posibilidades de sentimientos, de formas de ver el mundo. En la gran poesía hay mucho desprendimiento. Es decir, no hay intereses. Por eso, básicamente, la poesía cuando está comprometida de antemano con un programa, no me interesa. Y no creo que sea buena. Creo que hay una poesía comprometida de otra manera. Pienso que una persona puede hablar del dolor, la pobreza, pero no dentro de un programa político, ni un credo. Yo creo que, desgraciadamente, el mundo va muy rápido: lo que era bueno ayer no lo es tanto hoy y no lo será mañana. Entonces, pienso que un buen político tendría que ser, en primer lugar, un hombre muy honesto...

Trasladando eso a la poesía, ¿qué sientes cuando los críticos dicen “el mejor poeta vivo”?
—Me parece que es un negocio de los críticos. ¿Qué necesidad hay de hacer rankings? Estoy leyendo un libro de Jean Paul Aron llamado Los modernos, que trata sobre la modernidad en Francia, y es muy divertido. Es increíble cómo ha variado, cómo el mundo de los profesores ingreso a la modernidad. Con Sartre, por ejemplo; con Lacan, si quieres. Como se ha reducido la poesía a un objeto de estudio. Es un insecto más el poeta. Los entomólogos de la crítica dicen aquí los rojos, aquí los puros. La verdad que no creo. La poesía va por otros cauces.

¿Cómo aprecias la crítica de la poesía, de la literatura, aquí en el país?
—Me parece que es buena. Me parece bien que la gente se interese. Parece que va parejo con el subdesarrollo económico: más pobreza, más poesía.

Es sorprendente cómo la poesía peruana tiene un público.
—Tiene. Lo que pasa es que el poeta siempre ha sido considerado como un loco o como un santo. El brujo o sacerdote. De alguna manera eso está. Hay una cierta videncia, si tú quieres, pero no hablemos en el plano de la psicología. Tal vez el poeta puede dedicarse más a pensar esas cosas, pero también hay poetas que trabajan en fábricas, que han sido contadores.

¿Tú crees que la poesía podría volver a esa época del anonimato, en que las obras poéticas no se firmaban, sino que eran una obra colectiva?
—Podría ser, pero tampoco estoy en contra de la preservación del individuo. Mira, yo no sé, creo que es cuestión de épocas. Porque esa preservación del individuo puede ser tu punto de apoyo para comprenderte y para no ser arrastrado por una sociedad que te clasifica en clases, en estratos. El poeta de alguna manera está más expuesto a sus propias pasiones, a sus propios dolores y, por su propia actividad, puede estar incapacitado para hacer ciertas cosas que hace una persona que no tiene ese tipo de sensibilidad, a quien no le interesan las palabras, pero tiene su riqueza también. No sé, es difícil. Ahora, que el ser poeta se convierta en un peldaño para la escala social de mala manera, y que el poeta crea que debe tener un tratamiento especial con ciertos beneficios, no me parece.

¿Qué piensas de los concursos de poesía?
—Que están bien, yo creo que están bien.

Sin embargo, tú nunca has participado, ¿no?
—Yo personalmente no. He sido jurado de los premios Copé. A mí me parece que está muy bien. Hay gente que necesita eso, otras que no lo necesitan…

¿Tú nunca lo necesitaste?
—Yo no he pensado nunca en escribir para que los demás me aprecien.

Como dice Alfredo Bryce: para que los demás te quieran.
—Yo quiero que me quieran por otras razones, ah. Yo quisiera que me quieran porque soy un ser humano amable.

No antipática, ¿no?
—No antipática. Soy antipática porque no me es fácil ir enseñándole a todo el mundo mis cosas, ir con el corazoncito en la mano.

Me hiciste recordar la época en que quizá protegías menos tu corazón: cuando conociste a Sebastián Salazar Bondy, con quien ingresaste a la dinámica intelectual de Lima. ¿Cómo fue esa época?
—Una época maravillosa, en que todo te deslumbra, en que te enamoras de las cosas, no disciernes mucho. Lo que quieres es comértelo todo, y ponerte en todas “las cosas”. Estás abiertísima a todo. Ahora, yo siempre he sido un poco descreída, desconfiada, siempre he caminado con pasitos chiquitos (consecuencia de la miopía), viendo dónde pongo el pie. Además, insisto en que soy un ser de pocas palabras, como mi poesía, que se está quedando absolutamente muda: cada vez escribo menos, publico menos, y cada vez los poemas son más secos, más escuetos, menos mariposas [ríe].

¿Por qué produces menos?
—En realidad, sigo produciendo como antes: poco. A mí me importan mucho las palabras. Porque a mí me importa que cada cosa que digo o escribo sea necesaria. Por eso no me gustan las entrevistan. Porque digo muchas palabras que no se parecen a lo que realmente quiero decir. Desconfío de las palabras. Yo creo que de alguna manera el ser humano pensante, vivo e inteligente son sus palabras, es su hablar.

En la revista La casa de cartón, dices: “Mi poesía no evoluciona, envejece tanto como yo”. Es un sentimiento trágico de la vida.
—¿Acaso no es trágico envejecer? Lo que pasa es que a mí me importa mucho; antes no era consciente de eso, que lo que escribo se parezca a mí. Que sea yo. No quiero mistificar un ser poético a quien todos los poetas escriben o aluden. En la vida pueden ser unos chanchitos, pero cuando escribimos poesía somos diferentes, unos ángeles. No. Yo quiero parecerme a lo que escribo. Quiero pensar como mi carne, como mis huesos, ¿te das cuenta? Yo siempre he tenido horror, por ejemplo, a la cobardía y he sido cobarde en ciertas circunstancias. He sido temerosa de cosas. He mentido, como mentimos todos. Y yo quiero llegar a ser una persona que no mienta, que tenga el valor de enfrentarse a ciertas cosas. Una poesía de ese tipo. No quiero hacer una poesía tramposa, ¿te das cuenta? Y si no es buena, mala suerte, para mí será lo que quiero hacer.

¿Sientes que tu poesía alguna vez transitó, o podía transitar, por la mentira?
—¡No! Bueno, es que antes yo no era una persona tan formada como ahora. Entonces mi poesía podía hacer muchos giros por ahí, muchas extensiones. Ahora, yo creo que eso existe, que eso también soy yo. Pero trato de volverme una persona muy racional, aun para lo más irracional, aún para el instinto. Quiero hacer una poesía así. Pero quiero que esa poesía traiga su lenguaje, sus propias palabras. No pedir prestado por aquí o por allá, cositas para que el poema se rellene. No me interesa hacer libros de poesía:¡a mí me interesa hacer un poema! Un poema que nunca termino, sobre el que insisto, sobre el que salen astillas, como un árbol al que estás arrancándole un poquito, un trozo de maderita por ahí, unas chispitas.

Ves a la poesía casi como una necesidad de concretar tu persona.
—Y claro. Para mí la poesía es conducta, es la esencia, la conducta, es todo. Es ser, eso es lo que dicen los filósofos.

¿Continuas con el lenguaje intimista?
—¿Pero cómo podría hacer otra cosa? A mí me hubiera gustado hacer una poesía muy hermosa, que se cantara. ¿Te das cuenta? Que se pareciera a lo bueno que tiene el ser humano.

¿Crees que alguien se acercó a eso? ¿Quizá Alejandro Romualdo o Juan Gonzalo Rose?
—No. Aquí no sé, tendría que releerlos a todos. No creo. Te hablo de una poesía—pero eso no lo pretendo—que abarca, por ejemplo, todo un mundo, toda una historia, con toda su familia, como la de Saint John Perse. Un autor que, después de hundirse en la historia y salir, trae lo que aún está vivo en la historia. O cuando leo a Marguerite Yourcenar en un libro maravilloso: Opus Nigrum. Lleno de poesía. Te habla de un medioevo terrible, en donde el ser humano que te está hablando es igual al lector, de alguna manera.

¿Qué capacidad sientes que tienes para reflejar la problemática social de época que, según veo, te preocupa?
—Me preocupa mucho.

Tú admiras tanto a César Vallejo y a José María Arguedas: autores que han reflejado tan bien su contexto histórico.
—Absolutamente.

¿Cuánto has podido trabajar eso en tu poesía?
—No he podido. Justo ahora he leído que Tulio Mora ha hecho un libro, Cementerio general, con asuntos de la historia peruana. No lo he leído, pero me parece una buena vertiente. Siempre que no te pierdas en el discurso político o te vayas por las ramas de la concesión a ciertas cosas. Esa es la poesía que me hubiera gustado hacer… Pero todavía no me he muerto. Quizá algún día hago algo por ahí.

Sería un vuelco total.
—Quizá. Es que soy una poeta de canto corto. Y para lo otro necesitas realmente hacer poemas largos. Yo solo tengo dos o tres, y ni tan largos: “Camino a Babel”, “Primer baile”. Ese tipo de poemas, es curioso, me han venido casi como un canto, como un gran chorro, y así los he respetado, porque en el momento no sabía qué querían decir.

Curioso que con la influencia de Arguedas no hayas tenido un trabajo por esa vertiente.
—No, porque Arguedas pertenece a una época muy joven. En esa época era la persona que simplemente recibía cosas y no tenían formas, más bien como sentimientos muy oscuros. Pero a mí el Perú, nuestro destino como peruanos, me ha preocupado mucho, y creo haber sido muy honesta sobre por qué no me sentía próxima a ciertas cosas.

¿Por ejemplo?
—Te lo puedo decir francamente. Yo logro entender con la inteligencia y con los sentimientos la parte de ese Perú indio, pero no me siento dentro de esa cultura. Siento que sí pertenezco, pero no encuentro el atajo para llegar a identificarme realmente. Y yo sé que debería encontrar mis raíces por ahí de alguna manera.

¿Sientes que deberías?
—Siento que existen, pero no sé cómo llegar a ellas. ¿Te das cuenta? Será por el idioma tal vez. Será que no conozco el quechua. Podría ser eso. Y he vivido muy poco en la sierra, pero a través de Arguedas, de las canciones, del arte popular, de esas fiestas maravillosas es que de alguna manera sabes cómo son. El paisaje, además, el paisaje de la sierra me parece increíble. Una persona que ha nacido en la sierra no se parece a otra de la costa. No puede parecerse. Es otra.

¿Y el de la selva es otra?
—Tampoco la conozco. ¿Te das cuenta? Soy una persona poquísimo integrada. No puedo hablar de cosas que no sé, que no he vivido. Cuando digo saber no hablo del conocimiento sino de la experiencia. Toda aproximación a ese Perú es intelectual de alguna manera. Por un lado, está la cosa que es muy sentimental, muy emocional, la injusticia, la miseria, y por otro, siento que esa es la identidad que debemos encontrar los peruanos.

 


LOS CAMINOS DE LA VIDA

Tú viviste un buen tiempo en Europa y volviste acá. ¿Por qué? ¿Por qué no volviste a instalarte fuera pudiendo hacerlo?
—Porque escogí el Perú, escogí volver al Perú. Allí me sentía muy… Si bien tenía muchos amigos y podría haberme quedado, yo no quiero vivir fuera del Perú. Yo quiero viajar, ver cosas que no conozco. Pero no puedo vivir sino en el Perú. No puedo ser sin el Perú. Mira, hace dos años traté de instalarme en Madrid y me di cuenta de que España me gusta muchísimo, pero si se trata de escoger, escojo vivir en el Perú.

¿Te sentiste muy desubicada en Europa hacia el final?
—No. Mira, en primer lugar, a mí me cuesta mucho trabajo hacer amigos, es decir, buscar gentes. No hago relaciones fácilmente. Pero no me interesa la vida social, los compromisos. Tal vez es un defecto que me va a condenar a la larga a mayor soledad, de alguna manera.

¿Te interesa más bien meditar?
—Claro. Quiero tener tiempo. Mi trabajo, la familia, el ritmo de vida no te deja realmente pensar seriamente. Es muy difícil. Para mí es difícil. Yo necesito mucha concentración. No estar preocupada ni agobiada, digamos, por cosas que pasan todos los días, por nimiedades, problemas de trabajo, problemas con los seres con quienes tienes que trabajar o convivir.

¿Cómo te ha ido en esa mezcla de poesía y trabajo remunerado? ¿Te ha sido incompatible? ¿Te ha frustrado mucho?
—Sí, claro. De alguna manera sí.

¿Alguna vez eso te hizo dudar de tu oficio poético?
—No, en absoluto. Es un ser que está sujeto a sus propias necesidades, así que se va a morir conmigo.

¿Cierta contradicción?
—No, el otro personaje… Lo que pasa es que yo trabajo desde los quince años para comer, me parece que eso no se trasluce en lo que escribo seguramente. No provengo de una familia adinerada. Mi infancia ha sido dura: no me faltaba, claro, lo elemental: el colegio, la casa, pero temprano me di cuenta de que la situación económica no era fácil. Entonces, nunca he sido una mujer dependiente. Por añadidura, por matrimonio me ha podido venir alguna otra cosa, pero…

Por azar.
—Por azar no, no me he ganado la lotería, ojalá. Ese sería el acto poético más hermoso [ríe].

¿Compras lotería?
—A veces, sí. Algunas veces.

¿Nunca ganaste?
—No. Una vez gané la polla [ríe], con unos amigos que trabajábamos en una revista. De las primeras, éramos cinco. Era una revista social. Las cosas en las que he trabajado para ganarme la vida.

¿Qué hiciste?
—Teníamos un carro viejo con Szyszlo, y le compré llantas.

¿No hiciste jarana?
—No. No había dinero para hacer jaranas. Pero sí me encanta. Me ha encantado bailar… Me gusta tomar una copa.

A propósito, ¿cómo ha sido tu relación con ese compañero de poetas: el alcohol o los cigarros? ¿Y la bohemia?
—En general, medida. Fumé muchísimo hasta hace unos años… Bueno, cuando vivía en Francia nunca me levantaba antes del mediodía: era muy noctámbula.

¿Y en Lima?
—No. Todos nosotros pertenecíamos a una clase media con dificultades económicas, tanto yo como Javier Sologuren, como Sebastián, como Jorge Eielson… Nuestras jaranas eran modestas. Digamos, en la peña Pancho Fierro teníamos nuestras buenas reuniones con los amigos mayores. Maravillosos. ¿A eso le podríamos llamar fiestas? No sé. Luego, íbamos al chifa; los chifas en Lima era donde se iba. Así, siempre. Yo era muy jovencita en ese momento. Estaba sostenida por una gente maravillosa.

¿Eras la “musa”?
—No, no. Solo era la amiga joven.

Te preguntaba todo esto porque la idea generalizada es que la poesía y el arte están en maridaje con el alcohol.
—No necesariamente tiene que ser así. Hay gente que puede tomarse toneles de alcohol y no escribe ni una buena línea, y hay quienes padecemos del hígado o no tenemos vesícula. Yo, por ejemplo, para el alcohol tengo solo cierta resistencia, por eso nunca he bebido más de la cuenta, porque no puedo. Pero la idea de tomar una copa me parece saludable: es una celebración, está bien.


POSICIÓN POLÍTICA

Por otro lado, ¿cómo ves esta realidad peruana hoy, este panorama violento, estas alternativas guerrilleras como la del PCP-“Sendero Luminoso” por ejemplo?
—Me parecen demenciales, por un lado.

¿Las condenas?
—¿Pero cómo puedo condenar lo que es real? Solo puedo constatar que existe un desarreglo total que no es fruto de hoy…

¿Estás más cerca de la protesta, aunque sea armada, que, por ejemplo, del orden tradicional, oficial?
—No, no, en eso quiero ser muy clara. La violencia me parece abominable, francamente. Yo creo que uno no tiene derecho a quitarle la vida a nadie.

¿Crees en el parlamento, la democracia y las elecciones?
—Mira, creo que hay una gran hipocresía en eso de alguna manera. No sé cuál es la forma. Si yo tuviera una línea estaría metida en política diciendo cosas, pero no lo sé. Ahora, yo si prefiero que la gente se entienda por las buenas. Y que la gente tiene derecho a elegir. Pero yo no soy marxista ni soy católica. Yo detesto los pensamientos tipo vía férrea.

¿Eres anti eso?
—No, yo soy anti. Ni anticomunista, ni antiestadounidense. Yo no soy anti a priori. Hay cosas que realmente me parecen abominables de un lado y del otro. Y además me indigna que en nombre de las ideas se cometan tantos crimines y tanta infamia. La gran hipocresía. Ahora, yo creo que el juego de la hipocresía se ve en la democracia más claro. Yo creo que ahora el Perú debe elegir lo que sea más parecido a la salud.

Es la posición de Alfonso Barrantes.
—No lo sé, podría ser. Lo que pasa es que detrás de Barrantes o detrás de Vargas Llosa hay tantos intereses que no son del propio Barrantes ni del propio Vargas Llosa. Yo creo en la honestidad de esas personas, en particular la de Vargas Llosa. Te lo digo, me interesa decirlo, yo creo, sí, absolutamente. Ahora, ¿qué viene con todo eso? ¿Cómo una persona con toda su buena voluntad, suponte, con sus deseos, sus errores o aciertos, puede hacer algo sola? La gente que viene detrás de él tiene que dejar ese juego egoísta, torpe, del poder por el poder mismo.

¿Te puedo preguntar por quién votaste en las últimas elecciones?
—En blanco.

¿Y antes de eso?
—En blanco.

¿Como tu nombre?
—No sé, pero yo creo que ahora hay que votar por alguien.

¿Por quién votarías?
—No lo sé. ¿Sabes por quién votaría? Por la persona que en el momento de las elecciones me dé la sensación de mayor plazo de honestidad, de mayor alcance de honestidad. No sabemos todavía quiénes van a ser los candidatos.

¿Por Javier Diez Canseco?
—Diez Canseco. Por las gentes dogmáticas, fanáticas, yo no voy a votar en la vida. En la vida.

¿Tú fuiste muy amiga de Arguedas?
—Muy amiga. De Celia Bustamante también. Nosotros íbamos por lo menos dos veces por semana a la peña Pancho Fierro. Después de las siete de la noche se abría la peña y había arte popular. Mira, eso era un ejemplo de lo que podía ser el Perú. Ahí se mezclaban Sabogal con Szyszlo, todo el mundo. Pero había respeto. Pero ahora en este momento, ¿qué hay que hacer para ganar? Denigrar al otro. Tú ahora para ser un buen poeta tienes que decir que el otro es un adefesio.

¿Qué piensas que Arguedas hubiese sentido frente al fenómeno guerrillero actual: “Sendero Luminoso”?
—No lo sé. Pero yo creo que él se murió por eso. Un poco por el Perú. Una persona tan sensible, que sí sabía lo que era Perú. Que provenía de un Perú que nosotros apenas intuimos. Porque el Perú es eso, esa inmensa humanidad regada por las montañas. Y no sabemos quiénes son, cómo piensan, y nunca nos hemos podido comunicar.

¿No se hubiera, digamos, adherido Arguedas a las posturas de violencia actuales?
—Yo no creo. Pienso en mis amigos tan próximos a la izquierda, pienso en Sebastián, que por puro amor era de izquierda. No creo que hubieran avalado la violencia. Eran revolucionarios, pero no para hacer más ricos a los vendedores de armas.

¿Qué piensas tú del feminismo?
—Yo estoy de acuerdo. Pero, mira, creo que las mujeres ahora en el Perú tienen una misión muy importante, más allá de la cosa puramente política, en la educación. Un cambio que creo ya se está produciendo. La mujer a sus hijos les debe quitar ese afán competitivo con el que se le ha educado siempre, no hay que educarlos para que sean los jefes. No es así.

¿Habría una poesía de hombre y una poesía de mujer?
—No, no, yo creo que hay poesía a secas, ya lo he dicho varias veces. Ahora resulta que cuando una mujer escribe poesía puede dar a esa poesía ciertos tonos o aportar una experiencia que el hombre no puede, que no tiene.

Los movimientos guerrilleros y violentos tienen muchas líderes mujeres. ¿Qué piensas de eso?
—Yo pienso que desgraciadamente esta energía maravillosa de las mujeres está mal empleada. Está negando un poco su misión biológica. Porque yo creo que la mujer está mucho más cerca de la vida que el hombre, por muchas razones: primero porque la produce, porque la lleva, la carga. Tiene una responsabilidad biológica mayor, de alguna manera. Pero además yo creo que el terrorismo usa también a las mujeres.

¿Qué te parece Noche de adrenalina de Carmen Ollé?
—Me parece formidable, de un coraje, pero aparte, una cosa muy importante, es el valor poético que tiene. Esa asunción de esta situación, de un desafío, de esto soy y así pasan las cosas.

Hay un erotismo que en tu trabajo va más por la abstracción o la imagen, ¿no?
—Podría ser, yo creo que sí. Tal vez mi cuerpo no me preocupó de cierta forma. Tal vez yo viví una época en que la mujer era menos carnal. Uno no sabe en qué medida las viejas enseñanzas, aunque una sea descreída, influyen en ti. Tal vez yo he sido púdica, creo que sí, para el cuerpo he sido púdica quizá. Pero no he encontrado mucha diferencia entre mi cuerpo y el del hombre o, mejor dicho, no he sufrido tanto esa diferencia.

POESÍA Y HUMOR

El primer verso en tu obra poética reunida del FCE, dice: “Está mi infancia en esta costa”, y el último verso de ese poema dice: “Un lecho ardiente en donde lloro a solas”. El último poema del libro está dedicado a Kafka y tiene un tono trágico. Octavio Paz dice de tu poesía que es “una piedra negra”.
—Quiere decir que mi poesía no tiene reflejo.

He registrado en tu poesía paisaje de costa, mucha arena, desamor, náusea, soledad, mucha noche, autosátira con tu propio oficio, y quería preguntarte por qué ese sentimiento que también te hace decir: “El hueso del amor/ tan roído y tan duro/ brillando en otro planto” o “Amor/paisaje que el tiempo corrige sin tregua”.
—Porque creo que he sido como mucha gente, un ser idealista, muy sensible a las cosas amorosas.

Digamos que no es una poesía optimista.
—No, no… Pero no es negativa, porque lamentarme por la ausencia del amor no es la negación del amor. En ningún momento. Es quizá la dificultad por vivir en plenitud el amor. O de ajustar la idea que uno tiene del amor desde muy joven a lo que la vida te ha dado como experiencia amorosa.

¿Sientes que es una poesía poco alegre?
—Creo que sí. Y eso me apena [ríe]. Me pone muy triste mi poesía. Será por eso que no la quiero mucho.

¿No la quieres mucho? ¿Por qué?
—No, no, ya la acepté. Hubo una época en que no publicaba y no la aceptaba, porque me parecía muy dura. Y me decía: “Caray, me enseñaron a ser tan grave, tan poco amable”, y sin embargo en la vida cotidiana no soy así.

Es como el caso de Abelardo Sánchez León, que tiene un magnífico sentido del humor, pero su poesía es paradójicamente tan hórrida.
—Pero tú crees: si viviera como es mi poesía ya me hubiera muerto hace tiempo, o estaría encerrada en un manicomio. No, a mí me gusta la vida. Es que una cosa es la vida pensada y otra la vida vivida. Una cosa es el deseo de la vida y otra es la vida que te toma de frente y te zamaquea.

¿Por qué crees que ese gusto por la vida, ese humor, esa alegría que tienes no ha salido en tu poesía, y más bien sí ha salido el lado hórrido, trágico, grave?
—Porque tal vez ese otro aspecto lo he puesto en la vida de todos los días. Y he reservado la parte negra para lo otro. Imagínate si hubiera sido al revés.

¿No es una injusticia para tus lectores?
—No, ¿por qué? No hay que perder las esperanzas.

Pero sientes que tu poesía tiene esa marca, ¿no?
—Sí. Desde muy niña he sido muy reflexiva. En un verso digo: “Amo esta flor roja sin inocencia”. Amo la vida, sin inocencia, es lo que quiero decir. Sé que hay de todo: las partes negras oscuras. Siempre me he dado cuenta del lado oscuro de la vida. De niña me daba cuenta de que los adultos mentían. Muchas veces no coincidía lo que decían con lo que hacían. Entonces me dije “cómo me ajusto a esto, soy tan chiquita y débil. No soy una gran mujer, enorme, fuerte, hermosísima”. Tampoco tenía dinero o una familia poderosa; entonces, ¿cómo hacer para que no te destruyan?

Te proteges.
—Claro, con el humor o la sátira, y después con la verdad, con tu verdad.

A veces, cuando leía tus poemas, te imaginaba escribiendo con mucho desgarramiento.
—Por cierto.

¿Has llorado alguna vez cuando has escrito un poema?
—Algunas veces. No he llorado, pero sí he estado con la nariz húmeda. Pero a veces he escrito cantando, como un juego: “Malévich en su ventana”,  por ejemplo.

Con humor.
—Con mucho humor. Pero sí, el humor no me abandona [pausa]. El humor negro, ¿no? [risas].

Tiene que estar el color negro
—No, pues, no. En mi libro hay cosas muy tiernas.

Tierno sí, siempre.
—Bueno, ahí tienes. Ahora, como te dije, tampoco puedes andar con tu corazoncito en la mano para que todo el mundo te lo escupa o le meta el dedo. Uno se va defendiendo en la vida.

¿Qué es lo que más te ha cautivado en tu experiencia vital?
—Otro ser.

¿Y has sido correspondida en esta emoción?
—Algunas veces sí, como todos.

¿Y lo que más te ha apenado?
—Dejar de creer en algunas personas.

¿Te ha pasado mucho?
—A menudo, sí, algunas veces.

¿Recuerdas cuál fue el poema que escribiste con más tristeza?
—[Pausa] Tal vez es “Casa de cuervos”… tal vez.

Y actualmente tú te sientes…
—Me siento muy bien [ríe].

¿Distante de las “casas de cuervos”?
—Sí, un poco, porque en esa época estuve muy sensible, muy atenta a muchas cosas. Ahora estoy más distraída.

¿Te ayudó tu experiencia sicoanalítica con Max Hernández?
—Bueno, no fue un análisis formal. Solo conversaciones esporádicas con Max, y mezcladas con poesía, literatura, con las cosas de la vida entre paréntesis, mejor dicho entre comillas…

¿Por qué así?
—Porque hablábamos de todo lo que nos sucedía. Fue un diálogo muy bueno para mí. Me aclaró cosas. Me ayudó a no contarme cuentos tratando de decir la verdad, que siempre es relativa. Hacer un ensayo del Aprendizaje de la limpieza [ríe], que aunque no les guste a los sicoanalistas, es un libro muy bueno.

¿Recuerdas que Rilke se separó de Freud porque pensaba que el sicoanálisis podía extinguirle su fuerza creadora?
—Pero no creo que eso ocurra en la medida en que no seas un adicto. Hay quienes no pueden vivir sin ayuda de ese tipo, yo sí.

En “Camino a Babel” dices: “Nosotros/los poetas amnésicos los tristes/los sobrevivientes de la vida”.
—Es un retrato.

¿De los poetas? ¿Así los ves?
—Claro, de alguna manera así son, me parece…

¿Es difícil la alegría en la poesía?
—No necesariamente. Creo que es un estado de tensión muy fuerte, muy al límite de romperse, donde todas las cosas pesan muchísimo. Pero hay también poetas que cantan triunfantes al amor, a la vida, al sol.

Creo que en tus compañeros generacionales de la década de 1950 ese rasgo es grave, trágico es común. Como una vez me dijo Enrique Verástegui: “Quizá la infelicidad de los poetas del cincuenta haya sido su felicidad”.
—Claro, es muy interesante eso…

Con la generación de 1960 viene cierto tono de humor e ironía a la poesía peruana.
—Pero igualmente infelices. ¿Hay algo más infeliz que Verástegui? ¿Y que Mirko Lauer? [risas].

¿Te parece? ¿Antonio Cisneros?
—También. En el sentido de que se necesitaría ser muy poco sensible y muy egoísta para no sentir el peso de las cosas.

Pero en la década de 1960 el lenguaje entra a…
—Sí, es otra cosa. Pero el lenguaje nuestro también tiene… yo creo que hago humor en muchos momentos.

Negro.
—Negro, rojo o lo que quieras, pero hago humor. La cosa coloquial no se me escapa. Uso las palabras que me acomodan y abandono un lenguaje un poco prestigiado poéticamente para decir las cosas de otra manera. Todos lo hacemos alguna vez: dejamos nuestras alas de ángeles un rato y nos convertimos un poco en gusanitos. Mira, lo importante es que hay alguna poesía que sobrevive, que les sirve a algunas personas. Ese es el ideal de la poesía. Que te aleja a veces de tu miserable condición. Cuando lees buena poesía, ¿no te sientes en otra parte? Es el placer que te da la buena poesía, como el que te da la buena música o la buena pintura.

El historiador Pablo Macera, compañero generacional tuyo, dijo alguna vez —provocadoramente, como siempre—: “En el Perú solo los imbéciles pueden ser felices”. ¿Qué piensas?
—No. Yo creo que hay mucha gente que no necesariamente es imbécil y puede sentirse feliz. Creo sí que la felicidad es poca cosa, no es suficiente.

 

 

 

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(*) Se publica sin las notas bibliográficas, y con algunas pocas variantes de composición. Todas las imágenes pertenecen al Archivo Blanca Varela. (c.a.l.)

 

 



 

 

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